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	<title>Reportes de Viaje</title>
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	<description>PhD. Jesus Lau</description>
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		<title>Estonia, Tallin &#8211; Preludio de primavera</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Apr 2011 00:35:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Estonia]]></category>
		<category><![CDATA[Tallin]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160;



Venir por segunda vez a esta capital, de la Europa Oriental, fue una grata experiencia. Tallin, Estonia, es una gran ciudad a pesar de lo pequeña, con unos cuatrocientos trece mil habitantes. Estuve una semana completa y toda estuvo bañada de sol, por lo cual realmente me sentí afortunado, no tuve días de lluvia o días grises de invierno.  Los recuerdos de la visita del año pasado, en agosto, cuando también brillaba el sol, me permitieron sentirme familiarizado con algunos aspectos de la ciudad, especialmente con la parte histórica, que reúne uno de los antiguos cascos amurallados mejor conservados en el Norte del continente europeo y es de hecho una ciudad afortunada al no sufrir tanto daño por los bombardeos de la II Guerra Mundial.  Su historia está plagada de invasiones por sus poderosos vecinos: Los suecos y los alemanes en la edad media, y recientemente los nazis y los rusos antes, y durante la era soviética.  Su pasado, como parte de la Unión Soviética, se mira palpablemente en la arquitectura de sus barrios, fuera del centro histórico, dónde se erigen los edificios de departamentos rectangulares o cuadrados de fachadas e interiores austeros y utilitarios, sin mayor creatividad arquitectónica, que resolvieron retos habitacionales en forma masiva, pero sin el desarrollo estético de las ciudades de occidente.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2011/04/estonia-tallin-preludio-de-primavera/" title="Estonia, Tallin &#8211; Preludio de primavera">Continue Reading--536 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/06/Tallin-11.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-1007" title="Tallin-11" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/06/Tallin-11.jpg" alt="" width="576" height="199" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Venir por segunda vez a esta capital, de la Europa Oriental, fue una grata experiencia. Tallin, Estonia, es una gran ciudad a pesar de lo pequeña, con unos cuatrocientos trece mil habitantes. Estuve una semana completa y toda estuvo bañada de sol, por lo cual realmente me sentí afortunado, no tuve días de lluvia o días grises de invierno.  Los recuerdos de la visita del año pasado, en agosto, cuando también brillaba el sol, me permitieron sentirme familiarizado con algunos aspectos de la ciudad, especialmente con la parte histórica, que reúne uno de los antiguos cascos amurallados mejor conservados en el Norte del continente europeo y es de hecho una ciudad afortunada al no sufrir tanto daño por los bombardeos de la II Guerra Mundial.  Su historia está plagada de invasiones por sus poderosos vecinos: Los suecos y los alemanes en la edad media, y recientemente los nazis y los rusos antes, y durante la era soviética.  Su pasado, como parte de la Unión Soviética, se mira palpablemente en la arquitectura de sus barrios, fuera del centro histórico, dónde se erigen los edificios de departamentos rectangulares o cuadrados de fachadas e interiores austeros y utilitarios, sin mayor creatividad arquitectónica, que resolvieron retos habitacionales en forma masiva, pero sin el desarrollo estético de las ciudades de occidente.<span id="more-1004"></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/04/007.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-1012" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/04/007-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" /></a>Arribo de medianoche.</span> Llegué a Tallin en vuelo procedente de Copenhague, en una medianoche fría, donde me esperaba Juan Machin y su esposa Doris Agredo, para tomar un taxi rumbo al hostal de la Universidad de Tallin, el viaje fue rápido, ya que todo está cercano.  Me instalé en un pequeño departamento, de un solo cuarto, con baño dentro de un edificio austero, pero que ofrecía las comodidades que requería: Un sofá cama, estufa eléctrica, horno de microondas, tostador de pan, refrigerador y utensilios de cocina para dos personas, más la ropa de cama.   Luego, caminé con Juan y Doris hacia la Universidad para familiarizarme y buscar algo de comer, aunque todo estaba medio oscuro.  Me compré un par de panes en un restaurante familiar, donde el dueño, un señor ruso, no entendía nada de inglés.  Los panes estuvieron empalagosos, pero era lo único que había para cenar, así que me comí ambos.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Supermercado.</span> Al día siguiente, me levanté y me fui a un supermercado bien surtido en la cuadra siguiente, compré lo indispensable para cocinar y ahorrar algunos Euros, ya que todo costaba el doble que en mi ciudad, y eso que tiene unos de los precios más económicos de Europa.  Por ejemplo, los panes de la noche anterior, sencillos y rutinarios, me costaron un Euro cada uno, y con eso podría haber comprado ocho en mi pueblo.  Ignoro, si el precio que me cobraron era para turistas, pero fue caro.  Salí del supermercado con una bolsa de arroz, un pepino, una botella de salsa para espagueti, dos sopas instantáneas, una porción de humus, una docena de huevos, y varias barras de chocolate.  Desayuné huevos duros con arroz a vapor y me preparé para el seminario que facilitaría de 12:00 a 16:00 horas.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Primera cita.</span> Juan, un estudiante de doctorado de Venezuela y graduado de maestría de Bibliotecas Digitales, abreviado DILL (International Master in Digital Library Learning), fue a encontrarme a la residencia, para guiarme a una cita previa a la clase, a las 11:00, con la directora del Instituto de Estudios de la Información, Dra. Tiiu Reimo.  Llegamos a su oficina, una temporal, ya que su anterior edificio estaba siendo recreado.  Me llevó a la cafetería ubicada en un tercer edificio al que llegamos entre pasillos y subiendo y bajando pisos, a ese que era moderno y con una buena cafetería.  Me tomé un café expresso para estar mentalmente despierto en la clase.  Después, casi junto a la cafetería estaba el aula de clases, un espacio moderno, como el resto del edificio.</p>
<p style="text-align: justify;">Entrar al aula fue como encontrarme con el consejo de las Naciones Unidas, creo que cada uno de los 18 o más estudiantes representaba un país, había jóvenes de Bangladesh, Pakistán, China, Uganda, Los Países Bajos, Filipinas, Estados Unidos, Etiopía, Malasia, Noruega, Lituania, Rumania, Turquía, India y China.  En la siguiente clase se incorporaron estudiantes de Cuba, Italia, Azerbaiyán y España.  La clase transcurrió bien, al menos a mi parecer, hice una dinámica rompehielos y luego di una introducción al tema, para proceder a que realizaran varios ejercicios prácticos.  El nom</p>
<p style="text-align: justify;">bre del seminario, fue “Competencias informativas, un primer paso para la administración del conocimiento”.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Cena en centro histórico.</span> Esa noche del jueves, fui invitado a cenar por la Profesora Aira Lepik, en nombre del Instituto de Estudios de la Información de la Universidad de Tallin, a un elegante restaurante de comida japonesa e internacional, llamado Chedi, que mi guía Lonely Planet recomendaba como excelente.  En esa cena debía haber estado Sirje Virkus, la coordinadora en Tallin del Programa de Maestría DILL, pero estaba recuperándose de un resfriado con tos.  La cena fue excelente y el lugar completamente moderno, aunque el edificio por fuera, en su fachada y en su estructura, tuviera siglos de historia.  Los baños eran de primera clase, como esos que hacen ahora con grandes monerías arquitectónicas, que compiten con una sala de estar, tradicionalmente el mejor lugar de una casa.  El restaurante estaba ubicado a media cuadra del hostal, donde llegué por primera</p>
<p><img class="alignright size-medium wp-image-1005" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/06/DSC04019-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" /></p>
<p style="text-align: justify;">vez a Tallin.  Al terminar la cena y la larga sobremesa, caminamos ya noche, por otras calles de la ciudad antigua, hasta arribar a la plaza principal, una delicia visual de combinación de fachadas, de regias construcciones neoclásicas, Art Nouveau, combinados con estilos barrocos y góticos de la edad media y algunos hasta de la primera parte de esa era, como el ayuntamiento, que databa del siglo doce.  La noche estaba fría, pero seca, así que había que caminar con abrigo.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Mercado ruso &#8211; Arepas.</span> Al día siguiente, viernes santo,  me encontré con Juan y con Doris.  Me ll</p>
<p style="text-align: justify;">evaron al mercado ruso, un lugar abierto, sólo con techo de lámina, donde había puestos.   Había verduras, frutas, carnes, quesos, ropa, pero no había casi puestos de comida.  El lugar era interesante, pero carecía del color y el bullicio de los mercados mexicanos que llamamos sobre ruedas, o tianguis en idioma náhuatl.  Compré, por recomendación, queso ruso, bastante bueno, y dos tipos de pan integral, incluyendo uno negro de centeno, más unas mandarinas y una cebolla.  Luego fuimos al departamento de ellos a comer arepas, esa delicia de maíz, que en México quizá les llamaríamos gorditas de maíz blanco, con algo de mantequilla, listas para ser abiertas y rellenas con guisados, cuyas opciones fueron de queso, huevos revueltos, atún con mayonesa y frijoles, que los venezolanos llaman caraotas.  Regresé ya tarde al departamento, descansé y luego trabajé un buen rato, hasta pasada la media noche.  Como señalé, ese día era viernes santo de cuaresma, pero la semana santa es un periodo normal de trabajo y estudio en Estonia, nada de festejos, sólo el día libre para los universitarios.  Creo quizá habría alguna misa, pero nada de crucifixiones o reencarnación de la cuaresma de los países católicos.  Estonia por su pasado socialista soviético, tiene poca religiosidad.  Esa noche salí de nuevo, pero solo, fui a caminar por la parte antigua, para extasiarme de las vistas nocturnas de la ciudad, con las manos metidas en las bolsas del abrigo por el frío. Regresé a media noche, ya cansado y listo para dormir después de un largo día de asueto, bueno, no completo ya que había trabajado un poco en la mañana.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/06/035.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-1006" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/06/035-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" /></a>Museos Kadriorg y KUMU.</span> El sábado, después de haber trabajado hasta las 14:00 horas, me fui con Juan y Doris a caminar hacia el parque Kadriorg, nos fuimos por la avenida Narva, que está bordeada con una mezcla de casas d</p>
<p style="text-align: justify;">el siglo 19 y edificios de la era soviética del siglo 20.  Llegamos a la orilla del mar, a la playa Pirita, con una bonita panorámica del Mar, donde había cisnes en el mar, algo que sólo había visto en lagos.  Luego caminamos al parque, para ir a visitar el museo de arte del mismo nombre, ubicado en un regio palacete rosado, que construyó el Zar Pedro el Grande a principios del siglo XVIII.  El lugar era bonito, rodeado de amplios jardines, aunque los árboles parecían secos, no tenían hojas, ya que la Primavera estaba por llegar.  En lugares protegidos del viento había nieve acumulada.  Recorrimos el palacete, lleno de arte estonio de tipo plástico, que incluía esculturas y algo de muebles de la época.  Después nos fuimos a otra parte del parque, a conocer el modernísimo museo KUMU, que tiene un impresionante edificio geométrico, que asemeja un gajo de naranja, pero en tono verdoso de vidrio y acero, en una pequeña colina, que hacía que cualquier foto que se le tomara luciera bonita por las líneas y curvas del museo.  Dicho recinto era bastante grande, de cinco pisos, compite con los museos de urbes de otros países europeos o de Estados Unidos, algo mayor para un país de apenas un millón trescientos mil habitantes y una capital que tiene, algo más de un tercio de la población.  Las colecciones eran principalmente de origen estonio, ruso y algo de otros países.  Tenía obras de los últimos dos siglos, si recuerdo bien.  Una sala notable fue un gran recoveco, en la punta triangular aguda del edificio, donde había decenas de bustos de todo tipo, de notables estonios y extranjeros, que hablaban, recitaban o leían sus propias obras.  Me pareció una distribución novedosa, ya que generalmente los bustos, en este caso cabezas, no son tan atractivos individualmente.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Calles medievales.</span> Después nos fuimos a caminar por la ciudad antigua, a sentir su peso histórico y su armonía arquitectónica.  Tomamos muchas fotos con algunas paradas a ver pequeños detalles de la ciudad.  El resto de la estancia en Tallin, que fue de una semana, incluyó más visitas al casco antiguo, y una segunda cena en el departamento de Juan y Doris, así como la segunda sesión del seminario de cuatro horas.  En la última noche, también fui invitado por Sirje Virkus, coordinadora en Tallin del programa de maestría DILL y Aira Lepik a cenar en un bonito restaurante de comida italiana, donde el decorado principal, muy artístico, era con medias de nylon de dama, eso incluía las lámparas del techo, unas esferas cubiertas de estos materiales, y los pequeños portavelas cuadrados de las mesas, donde el diseño confundía que pieza de vestir, un poco íntima, era usada.  El restaurante en general era moderno de estilo minimalista, dentro de un edificio medieval.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Despedida.</span> El último día, cuando también tuve la última sesión del curso, salí ya con maletas a comer al Swiss Hotel con Sirje Virkus, quien ya casi recuperada de su resfriado, mostraba la energía típica que le identifica.  Desde uno de los pisos más altos, se dominaba el pequeño centro financiero con algunos rascacielos de bancos, y al fondo el puerto desde donde zarpan los <em>ferries</em> a Helsinki, Finlandia.  Comimos del buffet que estaba a punto de terminar, para luego salir al aeropuerto, lugar hasta donde me acompañó Sirje, por lo cual me sentí honrado, ya que era un día laboral y tenía, estoy seguro, una fuerte carga de trabajo por días de ausencia por su gripe.  Terminé el viaje, un martes, con gran satisfacción, porque me permitió conocer el programa DILL y sus alumnos, que provienen de tan diversos países, que su clase se asemeja una sesión de Naciones Unidas.  La visita igualmente me dio la oportunidad de conocer mejor la ciudad, aprender un poco del país y tratar con mayor profundidad a colegas del campo profesional que ya mencioné a lo largo del reporte.  Gracias a todos por sus atenciones, me sentí en casa, como el clima, el preludio de primavera que estuvo asoleado y acogedor, las personas fueron cálidas y hospitalarias.</p>
<p style="text-align: justify;">&nbsp;</p>
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		<title>Buenos Aires: La vecina del cementerio</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Mar 2011 16:23:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires]]></category>

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		<description><![CDATA[Fotos disponibles en Flickr

Eva Perón, la ex -presidenta argentina y viuda del también ex – presidente Juan Domingo Perón, cuya vida fue  llevada al cine hasta por Madona, y a Broadway en un musical, fue mi vecina por cuatro noches.  La tuve frente a mi habitación del piso séptimo, cuya vista, sin obstrucción tenía la tumba enfrente, aunque era la espalda de su mausoleo de cubierta de mármol negro.  Sus restos están en el Cementerio Recoleta, el más famoso y elegante de Buenos Aires, donde un metro cuadrado, si hay quien lo venda, cuesta unos veinte mil dólares.  Dicho camposanto está en una elegante zona del mismo nombre, Recoleta, de Buenos Aires.  Al frente del mismo hay una bonita y amplia plaza, que los fines de semana tiene gran vida, porque se instala un mercado de artesanía, y arte y con gran actividad de espectáculos: música, bailarines de tango y un poco de venta de alimentos.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2011/03/buenos-aires-la-vecina-del-cementerio/" title="Buenos Aires: La vecina del cementerio">Continue Reading--325 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/08/argentina.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-1028" title="argentina" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/08/argentina.jpg" alt="" width="576" height="199" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Fotos disponibles en <a title="Argentina" href="http://www.flickr.com/photos/49759444@N04/sets/72157626428239706/" target="_blank">Flickr</a></p>
<p style="text-align: justify;">Eva Perón, la ex -presidenta argentina y viuda del también ex – presidente Juan Domingo Perón, cuya vida fue  llevada al cine hasta por Madona, y a Broadway en un musical, fue mi vecina por cuatro noches.  La tuve frente a mi habitación del piso séptimo, cuya vista, sin obstrucción tenía la tumba enfrente, aunque era la espalda de su mausoleo de cubierta de mármol negro.  Sus restos están en el Cementerio Recoleta, el más famoso y elegante de Buenos Aires, donde un metro cuadrado, si hay quien lo venda, cuesta unos veinte mil dólares.  Dicho camposanto está en una elegante zona del mismo nombre, Recoleta, de Buenos Aires.  Al frente del mismo hay una bonita y amplia plaza, que los fines de semana tiene gran vida, porque se instala un mercado de artesanía, y arte y con gran actividad de espectáculos: música, bailarines de tango y un poco de venta de alimentos.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-1027"></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Mi vecina.</span> Ser vecino de Eva Perón, me hizo evocar mi infancia, cuando viví por cuatro años (entre los cuatro y ocho años de edad) junto al panteón municipal de Los Mochis, en esa época el único y nuestra casa era la única en un radio de un kilómetro.  Era una edad en que no comprendía mucho la muerte o el dolor de la pérdida de un ser querido, por lo tanto para mí los entierros fueron espectáculos humanos, donde miraba llegar las carrozas, si tenían dinero, o camiones, o inclusive camionetas cargando  el ataúd, siempre seguidos por otros carros y hasta con gente desfilando en romería, dependiendo de lo conocido del difunto.  La gente antes de entrar al camposanto se agrupaba o formaba en cortejo, donde  los dolientes principales se ponían al frente, muchos elegantes, dependiendo del estatus social, otros con ropas campesinas.  Bajaban la caja con el deudo del vehículo y luego la cargaban, algunas negras, otras plateadas y algunas de madera desnuda a lo largo del trecho donde les hubiera tocado su lote.  Cuando eran difuntos con familia de dinero traían muchas flores y coronas de flores de de papel.  Esta parte para mí era la más bonita, ver tanto color y formas de flores que no conocía, y luego, a veces, hasta había música, la más notable era con banda sinaloense, pero también contrataban grupos de música norteña, que tocaban las canciones preferidas del que había partido.  Cada canción hacía derramar torrentes de lágrimas y pareciese que la música hacia el dolor más agudo, que desbordaba a los acompañantes en sollozos y algunos con llanto abierto.  Como niño, cada vez que escuchaba el ruido del inicio de un sepelio, corría a ver y escuchar lo que sucedía.  Los sepelios menos fastuosos eran los de los niños, los llamados angelitos, que tenían menos flores, sin música y menos gente.  Ya sabía que si la caja era azul, el fallecido había sido un chico, y si era rosa, era una nena.  Creo que no usaban otros colores, de lo contrario hubiera sido difícil adivinar el sexo del que había partido.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Días de muerto.</span> En los días de muerto, noviembre 1 y 2, el campo donde vivíamos junto al panteón se transformaba desde días antes, llegaban los familiares de los difuntos a limpiar, pintar y arreglar las tumbas, la mayoría eran montículos de tierra, algunos según sus posibilidades económicas les ponían una losa de cemento, el nivel siguiente era una cripta o algunos cuantos un mausoleo, como los del cementerio de Eva Perón.  Algunas veces, hasta que me descubrió mi madre, reubicaba coronas entre las tumbas.  Aquellos que tenían muchas, les quitaba algunas y les ponía a los que no tenían, ya que había tumbas que parecían olvidadas por todos, al menos por su familia.  Entre los beneficiados estaban las tumbas de mis familiares, mi hermanita que murió al momento de nacer, un año antes que yo, o a tíos, y familiares que nunca había conocido, pero que sabía que mis dos abuelas tenían.  Un buen día, mi madre me descubrió, creo que yo mismo le platiqué lo que hacía y me dio una regañada, por lo que tuve que parar esta distribución equitativa de las coronas de flores en el panteón de Mochis.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Arribo a la capital argentina.</span> Llegué a Buenos Aires un sábado al amanecer, justo cuando los primeros rayos del sol bañaban sus rascacielos.  Arribé al hotel, pero tuve que esperar más de dos horas para que me dieran habitación, mientras tanto me salí a desayunar a los múltiples restaurantes y café que hay en la plaza de la Recoleta.  Luego me eché una larga siesta para reponer las horas faltantes de sueño y me salí a caminar por los alrededores.  Ya el domingo, después de trabajar un rato, tomé un tour por los principales puntos turísticos y tome bastantes fotografías, luego me vine a recorrer el mercado abierto de la Recoleta, el cementerio que es una grata experiencia porque cada mausoleo es una obra arquitectónica, con mucha escultura y grabados de piedra y metales.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Reunión CLARA .</span> Lunes y martes, ya fue de trabajar tiempo completo, participando en la Reunión de la Red Federada Latinoamericana de Repositorios Institucionales de Publicaciones Científicas, que organiza la Red CLARA con financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo.  Mi presencia fue a nombre de la Organización Universitaria Interamericana, más concretamente del Colegio de las Américas de dicha entidad.  El lunes en la noche, los anfitriones argentinos nos invitaron una cena  con espectáculo de tango, que incluía una clase de una hora de este ritmo, el cual no me lo perdí.  El instructor fue bastante bueno, con mucha didáctica nos hizo a todos los participantes, como la mitad del grupo, a que sacáramos nuestras dotes dancísticas.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Conclusión.</span> La visita a Buenos Aires fue placentera, el clima estaba perfecto: templado, seco y con sol, era un perfecto verano austral del mes de febrero.  El hotel de los años 70s del siglo pasado, era excelente, Tuve la suerte de que me dieran una ejecutiva, grande, con ventanales que permitían admirar los rascacielos habitacionales y de lado la imponente facultad de derecho de la Universidad de Buenos Aires, la cual tiene el estilo arquitectónico de un templo griego, más el Río de la Plata con sus aguas que cubren una amplia extensión, pareciendo más un brazo de mar.  La visita fue para rememorar mi infancia, así como la visita anterior a esta capital latinoamericana, donde si pude estar un buen tiempo, casi tres semanas.  La reunión CLARA-BID fue productiva y de muchas lecciones conceptuales.</p>
<p style="text-align: justify;">&nbsp;</p>
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		<title>Aruba: Mar turquesa</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Feb 2011 16:18:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Aruba]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160;

Fotos disponibles en Flickr

Como parte del viaje a Curazao para dar una conferencia, facilitar un taller y participar en un panel, hice una parada en Aruba, una isla cercana, de donde partía el avión a Bogotá, y de ahí a Buenos Aires, Argentina, donde participaría en una reunión latinoamericana que organizaba CLARA con financiamiento del BID.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2011/02/aruba-mar-turquesa/" title="Aruba: Mar turquesa">Continue Reading--262 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/08/aruba.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-1022" title="aruba" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/08/aruba.jpg" alt="" width="576" height="199" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">Fotos disponibles en <a title="Aruba Playa e islas" href="http://www.flickr.com/photos/49759444@N04/sets/72157626969495704/with/5836952044/" target="_blank">Flickr</a></p>
<p>Como parte del viaje a Curazao para dar una conferencia, facilitar un taller y participar en un panel, hice una parada en Aruba, una isla cercana, de donde partía el avión a Bogotá, y de ahí a Buenos Aires, Argentina, donde participaría en una reunión latinoamericana que organizaba CLARA con financiamiento del BID.</p>
<p><span id="more-1021"></span></p>
<p>Llegué en un vuelo tempranero de Curazao, que tomé a las siete de la mañana y volé escasos 30 minutos para llegar a esta otra isla, que fueron fundadas originalmente por los holandeses, aunque ahora se administran independientemente.  Llegué desvelado, ya que me acosté tarde y me tuve que levantar a las cinco de la mañana, así que lo que hice fue buscar un hotel barato, pico de estrella, para descansar y dejar las maletas durante mi espera de casi 12 horas para tomar la siguiente conexión a Bogotá al atardecer.  El aeropuerto está casi cerca del centro, quizá tres kilómetros, así que tomé taxi y le pedí que me recomendara un lugar.  Me llevó al hotel Victoria, un lugar modesto, pero limpio, en el centro de esta pequeño país de unos 120,000 habitantes que vive principalmente del turismo.</p>
<p>Desayuné algo rápido, y me acosté a recuperarme del desvelo por dos horas, luego me puse el traje de baño y me fui a la playa con tres metas: caminar por el centro, nadar en la playa y recorrer la isla en algún tour.  Llegué al malecón después de cruzar la zona centro y pedí información en el primer lugar que decía tours frente al mar.  Los paseos tenían, lamentablemente horarios fijos, que no se ajustaban a mis planes, además duraban mucho, así que entré en negociaciones con la persona, para que me diera un recorrido en moto.  Acordé el pago de 30 dólares y un paseo por los lugares principales de la isa por hora y media, pero no podía hacerlo inmediatamente, así que le comenté que me metería al mar a nadar mientras él se desocupaba en una hora.  Me ofreció llevarme a club de playa, muy elegante, donde me cobraron seis dólares por camastro, toalla y paraguas.  Nada mal considerando que todo era de lujo, el camastro cubierto cuidadosamente con una sábana blanca y con servicio de regaderas, bar y restaurante.</p>
<p>La vista de la playa era fabulosa: yates anclados en un remanso de agua color turquesa, con un fondo de arenas blancas y varios turistas europeos con poca ropa nadando.  Me metí a dar un chapuzón y nadé por media hora a pleno sol, disfrutando las increíbles vistas de las palmeras, los barcos y la propia vista del club.  Ya cuando calculé que era media hora, me salí y me metí a la alberca para desde ahí pedir un jugo de naranja recién hecho con mucho hielo.  Disfruté al bebida y luego me fui a bañar a la regadera y ponerme ropa más larga y esperar al motorciclista.  Justo cuando había terminado de vestirme llegó el chofer.  Me monté en la moto, con mi mochila y a correr por las angostas carreteras de Aruba.   Inicié el recorrido, primer enseñándome a poner el casco, si debía ser un poco apretado y suelto, luego montar la moto, que era grande y requería abrir y subir bastante las piernas para subirse.  La mochila y la guardamos abajo del asiento inicialmente, luego salimos por las angostas calles, algunas de uno sólo carril, lo que provoca congestionamientos vehiculares.  Luego que entramos a la carretera costera, el motorciclista le subió a la velocidad y me empecé a dar cuenta que una me costaba ir agarrado de los arcos traseros, luego no miraba bien con el fuerte aire que golpeaba la cara, amén del temor de salir tirado en un derrapamiento.  Le pedí que le bajara a la velocidad, para poder apreciar la belleza, con lo cual podía mirar y recrear la vista para casi todos los puntos cardinales.</p>
<p>Los trayectos recorridos incluyeron  las distintas zonas hoteleras, algunas con vistas muy bonitas del mar, luego fuimos a la punta de la isla a ver el faro y posteriormente a una conformación de rocas, estas últimas nada espectaculares, pero quizá si lo eran para los moradores locales, que tiene un territorio plano, creo que miré sólo un cerro y algunos montículos.</p>
<p>Las vistas eran de una isla verde, aunque de clima seco bordeada por el mar Caribe, muy cercana a Venezuela, que vive principalmente del turismo norteamericano, europeo y venezolano.  Uno de sus servicios más atractivos, para quienes gustan de esto, son sus múltiples casinos y la vida nocturna.  Su centro comercial es chico, de aspecto pueblerino, que contrasta con la modernidad y lujo de las zonas hoteleras y casas de verano de muchos extranjeros.</p>
<p>El chofer era intrépido, creo que como la mayoría de los que usan estos minúsculos vehículos.  Charlamos en el trayecto de sus negocios, sobre la isla, y el turismo.  En los embotellamientos se metía entre los carros para rebasarlos y su filosofía era que había comprado moto para no quedar esperando en embotellamientos, así que a ratos se subía por la banqueta y rebasaba a todo los carros lentos.   Después de un rato, ya me acostumbré a sus aceleres y frenadas, así que tomé confianza y saqué la cámara, para tomar fotos en movimiento, ya cuando hice eso, me dije así mismo, creo que ya me siento cómodo en este paseo en moto.  Gracias a este tipo de vehículo, pude recorrer la isla en una hora y media, cuando si lo hubiera hecho en autobús hubiera tardado mínimo el doble.</p>
<p>Concluyo, señalando que fue Un privilegio fue nadar en las aguas turquesas, producto de la arena blanca y el azul del mar Caribe, en Aruba</p>
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		<title>Curazao: Tintes Holandeses</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Feb 2011 16:10:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Curazao]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160;

Fotos disponibles en Flickr

A ritmo de tumba fui recibido la noche que arribé a Willemstad, capital de Curazao, justo en la plaza, frente al hotel que colinda con la bahía, se celebraba el festival para elegir rey de este ritmo, un evento previo al carnaval que se organiza en esta isla caribeña dependiente del reino de los países bajos.  Había bastante gente, la mayoría jóvenes de color, y algunos bailaban con pasos parecidos a la salsa, pero cortos.  El ritmo es con acordeón, guiro y tambora.  Los holandeses tienen todavía seis islas que con categoría de territorios y en algunos casos como municipios, las restantes son Saint Marteen, Saba, Saint Eustaquios, Bonaire y Aruba.   Todas las islas viven principalmente del turismo.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2011/02/curazao-tintes-holandeses/" title="Curazao: Tintes Holandeses">Continue Reading--215 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/08/curazao.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-1018" title="curazao" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/08/curazao.jpg" alt="" width="576" height="199" /></a></p>
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<p style="text-align: center;">Fotos disponibles en <a title="Curazao" href="http://www.flickr.com/photos/49759444@N04/sets/72157626429001334/" target="_blank">Flickr</a></p>
<p style="text-align: justify;">A ritmo de tumba fui recibido la noche que arribé a Willemstad, capital de Curazao, justo en la plaza, frente al hotel que colinda con la bahía, se celebraba el festival para elegir rey de este ritmo, un evento previo al carnaval que se organiza en esta isla caribeña dependiente del reino de los países bajos.  Había bastante gente, la mayoría jóvenes de color, y algunos bailaban con pasos parecidos a la salsa, pero cortos.  El ritmo es con acordeón, guiro y tambora.  Los holandeses tienen todavía seis islas que con categoría de territorios y en algunos casos como municipios, las restantes son Saint Marteen, Saba, Saint Eustaquios, Bonaire y Aruba.   Todas las islas viven principalmente del turismo.<span id="more-1017"></span></p>
<p style="text-align: justify;">La isla más grande y con más habitantes es Curazao, con 142,668 habitantes, y por otro lado, la que conserva arquitectura colonial holandesa, esos edificios de techos altos de cantera de dos aguas y las gárgolas que caracterizan a este estilo. La ciudad de Willemstad tiene entradas de agua de mar que asemejan brazos de río, por donde entran barcos y se traslada mercancía, entre ellos el mercado flotante matutino de vendedores de fruta que vienen de Venezuela, creo que distante a unos 50 kilómetros.  Dicen que es un bonito espectáculo comercial, no lo miré porque su apogeo es al romper el alba, sólo lo miré ya tarde, pero no había tanta lancha anclada.  La ciudad se divide en dos partes, Otrobanda, que fue donde estaba mi hotel, una zona bastante restaurada y la otra Willemstad, divididas por un ancho trecho de mar, como si fuera un fiordo, pero sin montañas.</p>
<p style="text-align: justify;">Junto a mi hotel estaba Kura Hulanda, una villa bonitamente renovada  de ocho manzanas, donde originalmente se realizaba la venta de esclavos. El conjunto aloja un elegante hotel, plazas, restaurantes y el Museo de la Esclavitud, con bastante documentación y artefactos usados para mantener prisioneros o controlados a los africanos en su larga travesía por el Atlántico y una vez que los tenían recluidos en este mercado humano.  Fue muy interesante leer detalles de cómo los capturaban con la asociación de los jefes tribales o de las tribus enemigas, o bien como los cazaban.  También fue interesante descubrir que hasta blancos se vendían, cuando estos no podías pagar sus deudas, incluyendo a las mujeres.</p>
<p style="text-align: justify;">El día que me tocó dar la conferencia magistral, participar en un panel y dar un taller; tareas que me mantuvieron ocupado todo un largo día, nos llevaron, incluyendo a todos los participantes de la Reunión de Bibliotecas del Caribe Holandés, cerca de 100 personas; conocí el Banco Central, un bonito edificio moderno, donde se realizó el evento.  La comida fue en Villa María, un edificio colonial donde se sirvió un banquete con comida típica criolla, entre ellos sopa de verdura con trozos de carne, y como platillos principales pollo en pedazos con todo y hueso en una salsa café, pescado empanizado, y como platillos de acompañamiento plátano frito, arroz con frijol negro, un poco parecido a Moros y Cristianos de Cuba, arroz blanco -, un pudin salado de frijol yorimuni (frijol menudo blanco) con harina de maíz y polenta en cubos frita.  El lugar estaba frente al mercado flotante.   Junto al edificio estaba el pequeño, un galerón en forma de barco, museo marítimo, con algunas muestras en tamaño modelo de barcos de vela, y mucha información escrita sobre la historia naval de la isla, que poblaron los navegantes holandeses.   Tenía una tienda de recuerdos/souvernirs bastante surtida.</p>
<p style="text-align: justify;">El clima estuvo lluvioso con intervalos secos, así que no tuvo el asoleado típico que tiene normalmente la isla, según me contaron.  En la noche, nos invitaron a una recepción a la Biblioteca de una familia adinerada de abolengo de Curazao, parece que dueños del banco principal, que convirtieron su colonial casa en un lugar de lectura con sus amplias colecciones particulares.  El servicio creció y decidieron construir un edificio especial junto a la casa, uno de corte ultra modernista de tipo minimalista, donde, en su amplia terraza, se organizó la cena.  El lugar me recordó el museo de arte moderno de Nueva York , el MOMA, aunque de dimensiones menores.   La dueña, un guapa señora de unos 85 años nos recibió con sus asistentes justo en la casa, que funciona como el vestíbulo de la parte moderna de biblioteca.  La decoración de la casa conserva sus muebles de madera, loza, pinturas y adornos coloniales.  Nos ofrecieron una cena de arroz blanco, frío por cierto, con pescado empanizado, como el de medio día, más platillo con trozos de carne, el cual no comí, porque como saben no como carnes rojas, con una ensalada de repollo y pepino, más flan de postre.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi estancia en Curazao fue de tres noches y dos días, uno dedicado a las actividades profesionales del encuentro, donde estuve todo el tiempo desde temprano hasta casi la media noche.  El día siguiente trabajé en el cuarto del hotel hasta medio día y el restante lo dediqué a ir al gimnasio, para relajarme un poco y luego recorrer los lugares que les he descrito.  A la mañana siguiente, me dejé caer de la cama para despertar a las cinco AM, para tomar un taxi al aeropuerto a las siete y volar a la isla de Aruba.  La visita a Curazao fue grata por sus vistas marinas y la mezcla cultural y arquitectónica de la influencia holandesa, negra, latina, ya que hay muchos venezolanos y colombianos, más ciudadanos de unos 50 países que conforman esta diáspora del mar del Caribe.</p>
<p style="text-align: justify;">&nbsp;</p>
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		<title>San Diego &#8211; Vistas marinas</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 20:22:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Estados Unidos]]></category>
		<category><![CDATA[San Diego]]></category>

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		<description><![CDATA[Fotos disponibles en Flickr

A unas decenas de kilómetros de México, San Diego se erige como una ciudad porteña de grandes recursos, los cuales se admiran más junto a la bahía.  Es una urbe rica, como la mayoría, si no es que todas, las del estado de California, aunque en estos dos años está pasando por una crisis económica mayor que la de otras entidades de Estados Unidos.  Me hospedé, en habitación compartida con dos colegas de El Paso, Texas, en el barrio denominado Gaslamp, me imagino que otrora tuviera luminarias públicas de gas. El hotel, un Westin, está en la plaza comercial Horton, muy bien ubicado, ya que cuenta con muchas tiendas, entre ellas la de Macy y Nosdstrom como anclas.  Junto, en el vecindario, hay bastante movimiento en la noche, por la cantidad de bares, y restaurantes, que lo hace popular entre la gente joven.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2011/01/san-diego-vistas-marinas/" title="San Diego &#8211; Vistas marinas">Continue Reading--263 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-993 alignnone" title="USA San Diego" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/03/USA-San-Diego-11-copia.jpg" alt="USA San Diego - Vistas marinas" width="576" height="199" /></p>
<p style="text-align: center;">Fotos disponibles en Flickr</p>
<p style="text-align: justify;">A unas decenas de kilómetros de México, San Diego se erige como una ciudad porteña de grandes recursos, los cuales se admiran más junto a la bahía.  Es una urbe rica, como la mayoría, si no es que todas, las del estado de California, aunque en estos dos años está pasando por una crisis económica mayor que la de otras entidades de Estados Unidos.  Me hospedé, en habitación compartida con dos colegas de El Paso, Texas, en el barrio denominado Gaslamp, me imagino que otrora tuviera luminarias públicas de gas. El hotel, un Westin, está en la plaza comercial Horton, muy bien ubicado, ya que cuenta con muchas tiendas, entre ellas la de Macy y Nosdstrom como anclas.  Junto, en el vecindario, hay bastante movimiento en la noche, por la cantidad de bares, y restaurantes, que lo hace popular entre la gente joven.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-992"></span>Congreso ALA Midwinter.  Vine al congreso Midwinter de la American Library Association, un congreso que reúne unas 5,000 personas, para tener principalmente reuniones administrativas y capacitación de los distintos comités que integran ésta, la mayor asociación del ramo del mundo, y complementariamente tiene un programa de ponencias, a diferencia del verano, cuando lo segundo es lo más importante.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="size-full wp-image-994 alignleft" title="DSC0040022" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/03/DSC0040022.jpg" alt="" width="250" height="250" />Reuniones sabatinas.  Llegué el viernes en la noche, después de un viaje que me tomó más de doce horas, ya que tuve que salir de Veracruz a México, luego a Phoenix y finalmente a San Diego.  En las mañanas, me dediqué a trabajar en un artículo/reporte de UNESCO, y ya después de medio día asistí a las reuniones.  El sábado participé en la reunión del Consejo Asesor de Usuarios de Swets, la cual fue bastante educativa sobre la oferta de libros electrónicos, los cuales transformarán la forma en que operan las bibliotecas.  Después de la reunión, se nos ofreció una cena en el mismo lugar, el hotel Hyatt, un enorme complejo de habitaciones frente al mar.  Caminar por el  espacioso vestíbulo de enorme altura, quizá tres pisos, adornado con madera y grandes candelabros, macetones, cuatros, y elaboradas lámparas me hacía sentir que caminaba por un palacio.  Mirar esta construcción de grandes proporciones era una de las mejores señas de que estaba en Estados Unidos, un mundo único por su riqueza acumulada, la Roma contemporánea.  El restaurante estaba a la orilla de la bahía, la especialidad era de mariscos, y la empresa anfitriona se portó generosa en las entradas y en la elección del menú, que incluyó bísquet de calamar, patas de cangrejo y ostiones, seguidos por elecciones individuales, en mi caso tres bistecs de filete de pescado, seguidos de un postre de mouse de limón y de bebida jugo de Cranberry.  Con todo esto, no podía quejarme de este mundo, al menos en esos momentos.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/03/DSC0042822.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-995" title="DSC0042822" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/03/DSC0042822.jpg" alt="" width="250" height="250" /></a>Arquitectura hotelera.  Al día siguiente, domingo, trabajé de nuevo en el cuarto del hotel, aunque como en el día anterior inicié la mañana yendo al gimnasio, para borrar la huella del postre de la noche anterior.  Después del medio día me fui a atender la reunión de la Fundación Trejo Foster, donde presenté a nombre del colega mexicano, Javier Tarango, la propuesta del Instituto Trejo Foster que tendrá lugar en octubre del año siguiente, 2012, bajo los auspicios de la Universidad de Chihuahua.  La junta, esta vez, tuvo lugar en el hotel Hilton, el más nuevo de la zona, de enorme proporción con cientos de cuartos, que lo hace, como los demás, ser de la dimensión de un pueblo.  La arquitectura es moderna, minimalista con esculturas iluminadas en sus jardines y muchos acentos decorativos metálicos modernistas de color claro.  La vista desde el elegante Salón de Juntas Zafiro era increíble.  El enorme ventanal dominaba la vista de los curveados ventanales del centro de convenciones, y en el fondo los gigantes hoteles Hyatt, Marriott y otros rascacielos, delineados por el mar y un parque integrado por unas isletas rasuradas como verdes campos de golf.</p>
<p style="text-align: justify;">Representando a AMBAC.  El lunes, volví a trabajar en el documento de UNESCO, para regresar al centro de convenciones después de medio día y visitar en forma rápida la exposición comercial, la que siempre fue enorme y con grandes puestos de exhibición de las también grandes empresas.  Luego me fui a atender la reunión del Comité de Relaciones Internacionales de ALA, donde saludé a conocidos y escuché algunos reportes importantes sobre derechos de autor y le Organización Mundial de Propiedad Intelectual, así como sobre protección de manifestaciones culturales de pueblos indígenas y el reporte del subcomité de las Américas, que realiza varias actividades, varias de ellas relacionadas con México, como la donación  de libros infantiles e intercambio de personal.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/03/DSC0049722.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-996" title="DSC0049722" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/03/DSC0049722.jpg" alt="" width="250" height="250" /></a>Caminata por la bahía.  Al terminar la junta, ya el congreso estaba por terminar, me salí a caminar por el parque de la bahía que bordea los grandes hoteles descritos.  El aire frío de la tarde no menguaba el atractivo de la asoleada tarde, caminé admirando el pasar de los barcos y los yates, así como la de los agitados troteadores, junto con otros turistas que deambulábamos admirando la naturaleza marina y la bonita arquitectura de los rascacielos.  Recorrí una la villa comercial, denominada Fishing Village, de construcción pueblerina de madera, que albergaba distintos puestos de productos para turistas.  Tomé algunas fotos del atardecer y terminé la larga caminata en el USS Midway Aircraft Carrier, un gigantesco porta aviones,  que sirve de museo, donde en sus alrededores hay algunas esculturas, entre ellas las del famoso comediante americano Bob Hope y otra de una pareja de más de siete metros de altura (Unconditional Surrender&#8221; de J. Seward Johnson), tomado de la famosa fotografía del beso de un marino a una enfermera,  donde ella se deja caer en los brazos, mientras sellan su euforia de verse de nuevo al terminar la segunda guerra mundial, tomado de foto de  Alfred Eisenstaedt tomada en Times Square, la Ciudad de Nueva York en 1945.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/03/DSC004542.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-997" title="DSC004542" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/03/DSC004542.jpg" alt="" width="250" height="250" /></a>Conclusiones.  Esa tarde lunera fue la última en San Diego, cuando cayó la noche, el clima enfrió, y me regresé a cenar en la plaza, en el área de comida rápida, degustando comida mongol, parecida a la china, pero cocinada en un enorme comal, donde el cocinero, camina alrededor del fogón, moviendo la verdura y las carnes, o lo que uno haya escogido.  Luego recogí la maleta en el hotel Westin, ya que mis dos colegas paseños, se había regresado esa tarde y  había decidido cambiarme a un Motel 6, para pagar un tercio del hotel de lujo.  Ya no salí esa noche, porque me puse a revisar mi buzón electrónico y tratar de contestar algunos de los casi trescientos mensajes que tenía esperando.  El martes me levanté muy temprano, a las cuatro de la mañana, para tomar el taxi a las cinco y abordar el avión a las 6:30 a Phoenix y luego a la Ciudad de México, para tomar otro esa tarde a Veracruz, llegado a las siete PM.  En conclusión, el viaje fue bueno, con menos actividad congresistica de la que hago normalmente, porque tenía y debía terminar el documento de UNESCO, el cual logré concluir.  Tampoco tuve mucho tiempo de hacer alguna visita cultural a un museo, pero la caminata de la última tarde me dejó el sabor visual de la belleza de la bahía de San Diego, donde se conjuga la mano del hombre y milenaria naturaleza californiana.</p>
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		<title>Holanda, La Haya – Viaje corto</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Dec 2010 23:59:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Holanda]]></category>
		<category><![CDATA[La Haya]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.jesuslau.com/estante/?p=956</guid>
		<description><![CDATA[Fotos disponibles en Flickr

Acaba de amanecer hace una hora, pero el día está oscuro, porque el cielo está nublado.  Ha empezado a caer nieve ligeramente, ya pinta las pistas del aeropuerto y las alas de los aviones.  Estoy sentado en un lugar, cuya ubicación pocos pueden imaginar.  Busqué un contacto eléctrico en toda la sala G06 y no había uno sólo, pero encontré que en el baño hay uno, además de una repisa metálica para poner maletas, donde me he sentado a escribir este reporte, afortunadamente hay poco movimiento en el baño y los pocos que vienen sólo usan los mingitorios.  Me levanté a lo que serían las 11 de la noche de México, aquí las seis de la mañana, para tomar un trolebús rumbo a la estación central del tren de La Haya, para luego hacer el recorrido en tren a Schiphol (Ámsterdam), distante a una media hora en un tren rápido, el cual sólo hizo una parada en Leiden.  El vuelo es a las 10 de la mañana, una hora bastante civilizada porque no tuve que madrugar mucho, y dormí el mínimo de seis horas.  Esta visita a la capital holandesa fue rápida, llegué este domingo y me estoy regresando hoy jueves, así que estuve sólo tres días y medio.  Eso significó que no tuve tiempo para disfrutar de mucho tiempo libre.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2010/12/holanda-la-haya-viaje-corto/" title="Holanda, La Haya – Viaje corto">Continue Reading--308 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-957" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/Sin-título-12.jpg" alt="" width="576" height="199" /></p>
<p style="text-align: center;">Fotos disponibles en <a href="http://www.flickr.com/photos/49759444@N04/sets/72157625493132717/">Flickr</a></p>
<p style="text-align: justify;">Acaba de amanecer hace una hora, pero el día está oscuro, porque el cielo está nublado.  Ha empezado a caer nieve ligeramente, ya pinta las pistas del aeropuerto y las alas de los aviones.  Estoy sentado en un lugar, cuya ubicación pocos pueden imaginar.  Busqué un contacto eléctrico en toda la sala G06 y no había uno sólo, pero encontré que en el baño hay uno, además de una repisa metálica para poner maletas, donde me he sentado a escribir este reporte, afortunadamente hay poco movimiento en el baño y los pocos que vienen sólo usan los mingitorios.  Me levanté a lo que serían las 11 de la noche de México, aquí las seis de la mañana, para tomar un trolebús rumbo a la estación central del tren de La Haya, para luego hacer el recorrido en tren a Schiphol (Ámsterdam), distante a una media hora en un tren rápido, el cual sólo hizo una parada en Leiden.  El vuelo es a las 10 de la mañana, una hora bastante civilizada porque no tuve que madrugar mucho, y dormí el mínimo de seis horas.  Esta visita a la capital holandesa fue rápida, llegué este domingo y me estoy regresando hoy jueves, así que estuve sólo tres días y medio.  Eso significó que no tuve tiempo para disfrutar de mucho tiempo libre.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-956"></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;"><img class="alignright size-full wp-image-958" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/DSC09106.jpg" alt="" width="250" height="250" />Llegando a La Haya.</span> Arribé al hotel, a medio día después de tomar el tren de Schiphol a La Haya, que mientras me reponía del desvelo, admiré la nieve que había por todo el camino, en los campos, los canales y las casas. Un día antes había caído una buena nevada, que hasta paralizó el aeropuerto.  Lo primero que hice al llegar al hotel, después de desempacar y revisar rápidamente mensajes urgentes de correo-e, y mandar unos <em>Twitts</em>, fue acostarme por tres horas, pero terminé durmiendo cuatro, me levanté tomé un baño, para entonces ya eran las seis de la tarde, cuando me salí a caminar para cansar físicamente al cuerpo y estirar los músculos.  Caminé por las calles comerciales de la ciudad, que están junto al hotel, a una cuadra de la catedral y el bullicio nocturno.  Disfruté las iluminaciones y decoraciones de navidad, que son profusas y hechas con colorida creatividad, e igualmente hice “<em>Window shopping</em>”, es decir, me dediqué a ver los escaparates de las tiendas.  La Haya tiene muy buenas tiendas de ropa y de todo tipo de artículos, los hay desde los casuales, hasta los de alta formalidad, ya que la gente viste de traje para ir al trabajo en las oficinas de gobierno.  Caminé con un poco de llovizna ligera, así que aunque me estaba humedeciendo, recreé la pupila mirando la arquitectura del palacio de la monarquía holandesa, deleitándome de su reflejo en el lago y de los patos, que a pesar de lo congelado de la superficie del agua, permanecían dormidos en ella.  Pensé: “Creo que sería mejor que se salieran a la orilla y dormir sin tener que estar en esa agua congelada”, sin embargo me imagino que su plumaje les permite continuar en su medio acuático, sin importar las bajas temperaturas.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;"><img class="size-full wp-image-959 alignleft" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/Holanda-Amsterdam-Haya-REDALYC-08-056.jpg" alt="" width="250" height="250" />Reuniones. </span>El lunes tuve libre la mañana, pero trabajé en el cuarto del hotel, con pendientes de la oficina, principalmente trabajando en dos reportes de mi actividad académica.  Luego me salí una hora a hacer unas compras rápidas, para irme a las oficinas de IFLA, donde tuve las dos primeras reuniones relacionadas con el Comité Ejecutivo y otra secundaria de ese lunes en la tarde.  Al terminar me fui a cenar con varios colegas consejeros, la cual fue en un restaurante francés, donde comí crema de tomate, pescado, y un postre de chocolate.   Ya de vuelta en la habitación me puse a terminar el último reporte académico, terminé a media noche e igualmente limpié mi buzón-e contestando toda mi correspondencia y le di su visitada a <em>Facebook</em> para enterarme de lo que hacían mis cuates y conocidos ese día.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Cena en la catedral.</span> El martes, tuve reuniones hasta después de mediodía, de las 14:00 hasta las 17:00 horas, luego asistí a la cena que nos organiza IFLA a todos los consejeros.  Esta vez la cena fue en un restaurante que está en el edificio de la catedral, un imponente edificio de arquitectura gótica holandesa, si así le puedo llamar a las construcciones de grandes y espigadas espirales con toques góticos.  Entrar al restaurante parece entrar a una nave de la iglesia, pero ya dentro, la decoración no tiene nada de religiosa.  La cena, en mi caso, por no comer carne roja, fue de salmón con un panqué de papa asada, precedida de una copa de calamar con verduras, más un postre  servido en  plato largo, con tres montañitas separadas de rico <em>mousse</em> de chocolate, uno sabor naranja, otro canela y un tercero más de nuez moscada, que saboreé con un té de yerbabuena, con un rollo de canela, y unos anises estrella, algo parecido al té que toman los marroquíes.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;"><img class="alignright size-full wp-image-960" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/Holanda-Haya-Recepcion-embajada-08-002.jpg" alt="" width="250" height="250" />Cena antes de empacar.</span> El viaje ha sido bueno, asistí a cinco reuniones de diferente duración, desde casi media tarde o mañana, hasta la del día completísimo de la Junta de Gobierno que fue de 8:30 a 17:45, más otra de una hora del Comité ejecutivo ese mismo día, seguida de una cena informal con los colegas que no tenían compromiso o no se habían ido antes.  Fuimos a un restaurante indonesio, donde pedimos una crepa holandesa, que es un surtido como de tapas, donde le sirven a uno como con doce pequeños platos cuadrados con todo tipo de guisos sobre una parrilla calentada con veladoras.  Después de la cena, regresamos al hotel, me compré otra tarjeta de acceso a Internet revisé y contesté los mensajes en mi buzón-e, mandé un par de <em>Twitts</em> y me puse a empacar la maleta, y preparar las cosas para partir al aeropuerto en las tiernas horas del jueves.   Así terminaba mi viaje más rápido a La Haya, una ciudad pequeña, pero cautivadora por su arquitectura y sus variadas tiendas especializadas vestidas de colores por la temporada navideña.  Me regreso con el pecado de no haber hecho al menos una parada en Ámsterdam, pero ya será en la primavera del año siguiente cuando la visite.</p>
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		<title>Nueva Zelanda, Dunedin – LIANZA, 100 años</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Dec 2010 01:24:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nueva Zelanda]]></category>
		<category><![CDATA[Dunedin]]></category>

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		<description><![CDATA[Fotos disponibles en Flickr

Regresé el sábado de Mildford Sound extasiado de tanta belleza alpina, en una vagoneta, en el primer tramo, que no tenía buen aire acondicionado, lo cual era una ironía en un día excepcionalmente primaveral, en esta región austral del mundo, porque me estaba asando adentro, mientras por las ventanas miraba montañas con crestas nevadas.  La vagoneta, la segunda, que sí tenía aire acondicionado me dejó en la terminal del ferrocarril de arquitectura gótica en Dunedin, la cuarta ciudad más grande de Nueva Zelanda, que apenas tiene 121,000 habitantes, pero con una infraestructura como si fuera de un millón de habitantes comparada con las de México.  Me esperaba Glynis en su camioneta de doble cabina pick up, algo que no es tan común aquí, para llevarme a la casa de huéspedes de la Universidad de Otago, una regia residencia con servicios de cinco estrellas y cuartos grandes, modernos e impecables, dotados de todas las modernidades actuales, que distaba unas cuatro cuadras del centro de reuniones donde sería el congreso.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2010/12/nueva-zelandia-dunedin-lianza-100/" title="Nueva Zelanda, Dunedin – LIANZA, 100 años">Continue Reading--472 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-915" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/NUEVA-ZELANDIA-–-DUNEDIN-LIANZA-100-AÑOS3.jpg" alt="" width="576" height="199" /></p>
<p style="text-align: center;">Fotos disponibles en <a href="http://www.flickr.com/photos/49759444@N04/collections/72157625522509566/">Flickr</a></p>
<p style="text-align: justify;">Regresé el sábado de Mildford Sound extasiado de tanta belleza alpina, en una vagoneta, en el primer tramo, que no tenía buen aire acondicionado, lo cual era una ironía en un día excepcionalmente primaveral, en esta región austral del mundo, porque me estaba asando adentro, mientras por las ventanas miraba montañas con crestas nevadas.  La vagoneta, la segunda, que sí tenía aire acondicionado me dejó en la terminal del ferrocarril de arquitectura gótica en Dunedin, la cuarta ciudad más grande de Nueva Zelanda, que apenas tiene 121,000 habitantes, pero con una infraestructura como si fuera de un millón de habitantes comparada con las de México.  Me esperaba Glynis en su camioneta de doble cabina pick up, algo que no es tan común aquí, para llevarme a la casa de huéspedes de la Universidad de Otago, una regia residencia con servicios de cinco estrellas y cuartos grandes, modernos e impecables, dotados de todas las modernidades actuales, que distaba unas cuatro cuadras del centro de reuniones donde sería el congreso.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-913"></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;"><img class="alignright size-full wp-image-916" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/DSC09063.jpg" alt="" width="250" height="250" />Cien años.</span> LIANZA, la Asociación de Bibliotecarios de Nueva Zelanda, celebraba en grande sus 100 años de fundación, con un congreso de tres días, que iniciaba a la mañana siguiente.  Acomodé mis cosas, y preparé mi ropa para el día siguiente, domingo.  La inauguración fue a mediodía, iniciando con una ceremonia maorí, el grupo indígena del país, donde hubo discursos en su idioma, con la ceremonia simbólica de saludo de la tribu, integrada por un grupo de bibliotecarios de esa raza, que nos dieron la bienvenida.  Previamente, a los hombres nos sentaron al frente, yo en primera fila, y atrás las mujeres, lo cual según la tradición es para protegerlas de cualquier posible ataque.  Alguien bajó cantando y puso un sobre en el piso, y el grupo mayor, lo tomó, para luego dar por sentado que con la aceptación de ese regalo, que representaba el sobre, los dos grupos (los anfitriones y los que visitábamos), éramos bienvenidos.  Inmediatamente, los que estábamos en las butacas frontales nos paramos y en fila india fuimos a saludar al grupo maorí, rozando nuestras narices.  Primera vez que besé en esta forma.  Fue una sensación interesante mirar casi a un milímetro los ojos de las personas y contener la respiración al mismo tiempo, aunque creo que parte del ritual es compartir el mismo aire.  La siguiente etapa de la inauguración fue de tipo occidental, discursos y reconocimientos seguidos de una conferencia magistral.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Los ´talleres´ DHI.</span> Al día siguiente, lunes me tocó dar un par de talleres, según el nombre que les dieron, en realidad micro sesiones prácticas de 45 minutos cada uno, el tema que facilité fue sobre mercadotecnia de programas o actividades desarrollo de habilidades informativas.  Tuve bastante público en la primera sesión, alrededor de 60 personas, y en la de la tarde un poco más de 30.  Mucha gente, si se toma en cuenta que el congreso reunía unas 500 personas.  Esa tarde-noche, ya que por la latitud oscurece tarde, creo que como a las nueve de la noche en primavera, hubo una ceremonia de reconocimientos a líderes bibliotecarios y otras personalidades en el atrio de la biblioteca central de la Universidad de Otago, donde hu<span style="text-decoration: underline;"> </span>bo música viva de un par de cantantes mujeres que tocaban el órgano y la guitarra, más bocadillos y bebidas, entre ellas el indispensable vino neozelandés, que según los conocedores es excelente.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/DSC08610.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-918" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/DSC08610.jpg" alt="" width="250" height="250" /></a>Conferencia magistral.</span> El martes, me tocó dar mi conferencia magistral en un excelente auditorio, igual que el otro donde había sido la inauguración.  Llamé al tema “Information Development Terrain: Harvesting Knowledge Seeds”.  De nuevo tuve buena asistencia y preguntas del público, donde hubo varias personalidades de la bibliotecología de este país.  Al terminar, casi me tuve que ir corriendo, porque a las 17:00 horas partía el autobús para un paseo que era parte del congreso, previo pago, aunque para mí fue de cortesía.  Este se llama “The Great Robbery Train”, que se realiza en un tren histórico, muy bien restaurado, manejado por la municipalidad con voluntarios.  Caminé al hotel, y en el camino me compré una sopa Ramen, tallarines estilo japonés, una comida barata y fácil de cocinar cuando hay agua caliente disponible en el hotel, me quité el traje y me puse ropa casual, mientras engullía los tallarines, para regresar rápido al lugar del congreso y tomar el bus.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">El cañón de flores amarillas.</span> El paseo reunió a cientos de participantes del congreso, me tocó sentarme con una bibliotecaria maorí del norte de NZ, y dos damas que representaban empresas, una del país que visitaba y otra de Australia, todas muy platicadoras; terminamos como buenos cuates después de escuchar las historias de divorcios de las tres, dos se habían casado con ingleses.  La conversación se volvió bastante íntima de sus vidas.  Interrumpiendo admiraba el impresionante paisaje que kilómetro a kilómetro aumentaba de belleza.  El tren salió de la ciudad y empezó suavemente a tomar el sendero de un cañón que atravesaba la cordillera cercana a Dunedin y en cuyo fondo corría un río.  Mientras subía las montañas se volvían más impresionantes las vistas.  Atravesamos zonas <img class="alignleft size-full wp-image-919" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/DSC08598.jpg" alt="" width="250" height="250" />donde parecía que la naturaleza en su actuar de millones de años había rebanado las montañas y los cerros, para abrirle paso al agua del río.  La vista panorámica se volvía impresionante porque estaba lleno de flores de un arbusto, que parece plaga, de origen escocés que introdujeron los colonizadores británicos y que en esta época florea profusamente.  El arbusto ha dominado la vegetación local, por lo tanto en los acantilados, donde el hombre no lo puede quitar, tiñe de amarillo durante la primavera las laderas de los cerros.  Las vistas fueron aumentando en espectacularidad, las cuales se miraban neblineadas, porque llovía finamente, como brisa pesada que caía.  El clima estaba frío, de cualquier manera me salía del carro para tomar las fotos sin la obstrucción de las ventanas y sentir el aire que golpeaba mi cara.  En el trayecto, que incluía servicio de bebidas, nos dieron algunos antojitos de comida internacional, nada especial, por cierto, pero con el hambre que tenía comí de todo, excepto lo que tenía carne roja.<span style="text-decoration: underline;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Picnic en las alturas.</span> Llegamos hasta un pequeño poblado, donde el tren retornó para parar en el medio de la nada, ahí, había una especie de meseta, donde nos aguardaba un buffet, tipo <em>picnic</em> con carne asada, papas, salchichas y unas tortas de vegetales.  Bajamos del tren con la fina llovizna y comimos a la intemperie, aunque algunos se metieron a los vagones.  Me quedé afuera, ya que era un privilegio comer en la cima de esta montaña y poder admirar el cañón, las vistas de las montañas que lejanamente se levantaban más. Disfruté cada minuto de este atardecer medio invernal, pero en plena primavera austral, de lo que la naturaleza había construido en esa evolución millonaria de años, con algo de ayuda del hombre, para que el tren llegara hasta aquí.  Como una hora después nos empezamos a regresar, ya a bordo, nos sirvieron el postre, bastante bueno, una rebanada de pastel con crema y un <em>mousse</em> de chocolate.  Arribamos a la estación como a las 10 de la noche y me fui con dos de mis compañeras de mesa a tomar una bebida al Octagon, la plazuela principal de Dunedin, que está rodeada de restaurantes y bares.  Tomé un jugo de manzana y ahí conviví con otros colegas del congreso, entre ellos un <em>tuitero</em>, que lo conocía por sus mensajes de días antes.  Me regresé a media noche, para revisar correos-e y prepararme para el día siguiente.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;"><img class="alignright size-full wp-image-921" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/DSC08513.jpg" alt="" width="250" height="250" />Campo de golf &#8211; País.</span> El miércoles terminaba el congreso, y era además el día de mi vuelo de regreso, así que debía preparar la maleta y terminar pendientes del congreso.  Fui y recorrí la exposición comercial, bastante grande, para el número de congresistas, pero que en sí demostraba la capacidad de compra de este pequeño país de primer mundo, donde la disciplina anglosajona para el trabajo es excelente, además del orden y filosofía de cooperación.  Así concluí mi visita profesional a este país y ciudad, la segunda más al sur del planeta, distante a tres mil kilómetros de la Antártica, donde había tenido grandes experiencias de disfrutar de su naturaleza montañosa, así como traerme esa imagen de que todo su territorio es como un gran campo de golf, por lo verde y cortado del zacate que cubre las laderas de sus montañas, con los millones de borregos que pastan tranquilamente, que a la distancia, con su inmovilidad y pelaje crema, parecen pelotas de golf.</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-decoration: underline;">Conclusión – Muchas horas de viaje.</span> La visita, aunque agotadora, porque había hecho siete presentaciones, para las cuales con la ayuda de mis colegas BiV, había preparado y presentado una serie de intervenciones, pareció un maratón académico.  Ahora me tocaba tomar el largo vuelo en la Aerolínea New Zealand, que voló a 1,000 km por hora, con una temperatura de 45 grados bajo cero en el exterior, la que normalmente hay a los 10,000 de altitud, muy arriba en el cielo, así cruzamos 10,500 km de distancia, que hicimos en 12:30 horas de vuelo, saliendo primero de Dunedin a Auckland, la ciudad más grande de esta nación sureña, para luego tomar el segundo vuelo a los Angeles, donde tuve una larga espera de nueve horas, para tomar a medianoche un vuelo a la Ciudad de México, llegando a la tiernas 5:00 horas de la mañana y esperar a tomar el último tramo a Veracruz, a donde llegué cansado y desvelado, pero repito, valieron la pena las 17 horas de vuelo, y las 16 horas de espera que incluyó el regreso, y que fue similar a la ida.</p>
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		<title>Nueva Zelanda &#8211; Fjord Mildford Sound</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Nov 2010 18:52:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nueva Zelanda]]></category>
		<category><![CDATA[Mildford Sound]]></category>

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		<description><![CDATA[Fotos disponibles en Flickr

Día viernes, se cumplía una semana desde que había partido de México, aunque había perdido un día por los husos horarios que había cruzado,  Ahora iniciaba un paseo más por el Sur de Nueva Zelandia en estos tres días intermedios de presentaciones académicas, esta vez sería rumbo a Mildford Sound.  Abordamos la misma vagoneta, con una pasajera menos y recorrimos carretera una hora y media, una carretera, que como las otras estaba en un valle costero entre la enorme y amplia sierra que parece dominar la parte central de esta isla y el mar, el cual no estaba a la vista.  Empecé a tomar fotos de los valles con las montañas de fondo, que tenían cimas y picos nevados, con praderas de preludio cubiertos de zacate, que parecía césped cortado con podadora, gracias al pastoreo de las ovejas que parecen rasurar el zacate que con la lluvia intermitente crece sin problema.  Llegamos a un punto intermedio, donde nos bajamos a esperar un autobús, el cual llegó al rato, medio lleno de pasajeros.  Me senté en un par de asientos llenos de bolsas donde no había nadie, pregunté si estaba ocupado, me dijeron que si, pero la dueña estaba tirada a lo largo de la larga fila de asientos de la última fila.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2010/11/nueva-zelanda-fjord-mildford-sound/" title="Nueva Zelanda &#8211; Fjord Mildford Sound">Continue Reading--323 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-974" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/01/Nueva-Zelanda-Milford-Sound.jpg" alt="" width="576" height="199" /></p>
<p style="text-align: center;">Fotos disponibles en <a href="http://www.flickr.com/photos/49759444@N04/sets/72157625395792877/" target="_blank">Flickr</a></p>
<p style="text-align: justify;">Día viernes, se cumplía una semana desde que había partido de México, aunque había perdido un día por los husos horarios que había cruzado,  Ahora iniciaba un paseo más por el Sur de Nueva Zelandia en estos tres días intermedios de presentaciones académicas, esta vez sería rumbo a Mildford Sound.  Abordamos la misma vagoneta, con una pasajera menos y recorrimos carretera una hora y media, una carretera, que como las otras estaba en un valle costero entre la enorme y amplia sierra que parece dominar la parte central de esta isla y el mar, el cual no estaba a la vista.  Empecé a tomar fotos de los valles con las montañas de fondo, que tenían cimas y picos nevados, con praderas de preludio cubiertos de zacate, que parecía césped cortado con podadora, gracias al pastoreo de las ovejas que parecen rasurar el zacate que con la lluvia intermitente crece sin problema.  Llegamos a un punto intermedio, donde nos bajamos a esperar un autobús, el cual llegó al rato, medio lleno de pasajeros.  Me senté en un par de asientos llenos de bolsas donde no había nadie, pregunté si estaba ocupado, me dijeron que si, pero la dueña estaba tirada a lo largo de la larga fila de asientos de la última fila.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-973"></span></p>
<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft size-full wp-image-975" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/01/DSC08583.jpg" alt="" width="250" height="250" />Empezamos el trayecto en el autobús, un vehículo moderno, grandes ventanales, alfombrado y muy buen sonido, pero no tenía las comodidades de los de México, carecía de baño.  Estuve mirando los otros que circulaban, pero a ninguno le miré sanitarios, esto fue un reto, como el día anterior, ya que había que programar la ingesta de líquidos, porque además no sabíamos dónde pararíamos, en este segundo día, lo que hice fue preguntar como cuánto tardaría la siguiente parada y tomar agua sólo si estaba dentro del rango de hora y media, que es el tiempo en que los líquidos recorren el cuerpo, para luego demandar su salida.  El bus se encaminó hacia la parte central y montañosa de la isla, así que las vistas panorámicas empezaron a incrementar su belleza, tomé fotos de pequeños recovecos rocosos, arroyos y montañas, desde la ventana.  Hicimos una parada en un pueblo turístico de reciente creación, llamado Te Anau, con un bello lago, que estaba anidado entre montañas, ahí desayunamos.</p>
<p style="text-align: justify;">Continuamos ascendiendo el agreste territorio neozelandés de la isla Sur, en una angosta carretera de doble sentido, como al parecer son todas las demás en el país, es decir no hay autopistas.  El camino asfaltado estaba muy bueno y se ubicaba a lo largo de un río, cuyo cauce naturalmente definía la ruta más accesible, que el agua busca en su inercia al caer de los glaciares y la lluvia, que según mi guía turística (libro), caía 240 días del año.  La belleza del lugar fue multiplicándose, las montañas se volvieron más altas, el río continuaba su curso, pero ya en esta parte la horcadura se volvía un esplendoroso cañón, entre montañas que parecían haberse desgajado en forma vertical, para dar paso al afluente pluvial.  Paramos al menos dos veces para tomar fotos de postal, con fondo de montañas apuñadas que se abrían para mostrar sus cimas en pequeños valles, desde donde se podía ver la nieve de pacientes y hasta ahora eternos glaciares, aún en primavera, estación en la que estaba este país.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="alignright size-full wp-image-976" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/01/DSC08713.jpg" alt="" width="250" height="250" />Otra parada fue para ver una caída de agua.  Caminamos por un sendero de piso de madera, muy civilizado entre árboles y arbustos verdes, pero cubiertos de musgo, que les daba una tétrica imagen fantasmal.  El ramal de río tenía varias caídas, pero la principal, la meta de la caminata era ver como los chorros de agua habían horadado las ferrosas piedras, que parecían máscaras de carnaval de Venecia.  Tomé las fotos debidas y como en todo el trayecto le pedí a otros turistas que me tomaran algunas.  Los mejores fotógrafos son los orientales, les gusta tomarlas, tienen cámaras sofisticadas, por lo tanto saben cómo manipularlas y además son amables, no ponen cara de fuchi cuando les pide uno el favor.  Mi autobús no traía turistas orientales, pero si venían otros autobuses detrás, uno lleno de surcoreanos y otro de japoneses, que en momentos nos traslapábamos en las paradas, y me confundían con ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">Una gran vista fue junto al túnel Homer, una horadación angosta, donde apenas cabía el autobús.  Ahí paramos una vez más, las vistas de las montañas sencillamente eran increíbles, tenían una belleza perfecta: Montañas empinadas, unas cortadas por la naturaleza, otras cónicas, de donde caían cascadas de la nieve que se derretía por la calidez primaveral, deshaciendo un poco las coronas de nieve de las cimas.  El viaje era fantástico, la belleza simplemente aumentaba.  Impresionado de las bonitas vistas que llegaban al superlativo, algunas que tenían semejanza con los fiordos nórdicos o las montañas canadienses.  Llegamos a la entrada del fiordo, un brazo marino que penetraba salvajemente las montañas en la parte donde la historia volcánica de la tierra había hecho una caprichosa hendidura.  Nos subieron a un yate moderno de enormes ventanales.  La temperatura estaba entre fría y helada a ratos, pero tolerable, porque no llovía, el clima estaba semi-seco.  El barco se meneó y dio la media vuelta para iniciar el recorrido.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="size-full wp-image-977 alignleft" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/01/DSC08741.jpg" alt="" width="250" height="250" />Nuevamente, la belleza iba en aumento conforme recorríamos el tramo de agua, que por cierto tenía una gran profundidad.  El capitán paraba en los lugares especiales, como al menos en dos cascadas para casi virtualmente tocar las paredes del cañón que parecía un cortado de un pastel de montañas que se elevaban tremendamente y mostrando en su corte las vetas de colores de las rocas.  Otra parada fue para ver focas, que reposaban en las rocas que salían de las paredes montañosas.  Como parte del viaje nos ofrecieron un buffet bueno, aunque la comida no era la mejor de un restaurante, pero tenía naranjas que no las había comido en todo el viaje.</p>
<p style="text-align: justify;">Dentro del viaje, se incluía una visita a un observatorio marino, una especie de bote circular de vidrio desde donde se podía observar el fondo del fiordo, y ver como crecía la naturaleza, su fauna y su flora.  Fue bonito ver una gran estrella de mar, como caminaba con sus miles de patitas a lo largo de uno de los ventanales, así como las algas marinas de todas las formas y colores.  Los peces de diferentes tipos que se acercaban a los ventanales en búsqueda de alimento o quizá simplemente nadar, como parte de su vida marina.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="alignright size-full wp-image-978" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/01/DSC08789.jpg" alt="" width="250" height="250" />En el yate, salí muchas veces a la proa a tomar fotos y a sentir el aire helado en la cara, a extasiarme de la belleza natural, de este fenómeno rocoso y de mar con glaciares en la cabellera de las montañas.  Un sitio considerado entre los mejores de las bellezas que ofrece Nueva Zelandia.  Mientras respiraba el aire fresco pensaba en lo afortunado de esta oportunidad de la vida, de llegar a este rincón del mundo, de los más alejados del planeta, para ver un espectáculo hecho por millones de años por el desarrollo del planeta.  Regresamos al atardecer a dormir al pueblo de Queenstown, un bonito pueblo, de nuevo rodeado de montañas, con un lago al frente y nieve en las cúspides de sus cordilleras.  Llegué a un albergue con muy buen cuarto y vista al centro del pueblo con construcciones de madera, y muchas tiendas para turistas, que en invierno se vuelve un campo de esquí.  Compré una tarjeta para acceder a Internet y me puse a revisar mensajes-e unos del trabajo y otros de tipo profesional, salí a caminar y a cenar algo, que fue un pollo con arroz y luego me acosté para reponerme de las emociones de todo el día, ya que en la tarde siguiente (del sábado) regresaría también en autobús a Dunedin, porque el congreso iniciaba el domingo.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="aligncenter size-full wp-image-980" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2011/01/DSC08735-copia.jpg" alt="" width="576" height="298" /></p>
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		<title>Nueva Zelanda – Catlins, Costanera</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Nov 2010 18:41:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nueva Zelanda]]></category>
		<category><![CDATA[Dunedin]]></category>

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		<description><![CDATA[Fotos disponibles en Flickr 

El recorrido aéreo de Wellington a Dunedin, me había mostrado la Nueva Zelandia que de alguna manera mostró la trilogía Lord of the Rings, muchas montañas, realmente cordilleras escarpadas cubiertas de nieve, a pesar de que era primavera austral.  Al llegar a Dunedin, la cuarta ciudad más grande de Nueva Zelandia, mostraba las montañas verdes, a veces con montículos verdes de árboles, y en algunas áreas enormes manchas amarillas, de un arbusto que floreaba intensamente en esta etapa primaveral.  En el aeropuerto me esperaba Glynis Shields, quien había sido el contacto inicial para invitarme a participar en el congreso de LIANZA, en el cual celebraban los 100 años de creada la asociación.  Ella me llevó por algunos senderos rumbo a su casa, la cual está entre el aeropuerto y la ciudad.  Nos fuimos al centro, donde nos esperaba parte del comité local organizador del congreso, entre ellos la coordinadora.  Comimos en una cafetería junto a una galería de arte municipal, luego el jefe de servicios de la Biblioteca Pública me dio un recorrido de la misma, un edificio de unos 20 años de concreto, de unos cuatro pisos, justo junto a las oficinas del condado.  El atractivo principal era una exposición en el departamento de colecciones especiales, que tenía una muestra selecta de biblias, entre ellas una hoja de las famosas biblias de Gutenberg.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2010/11/nueva-zelandia-catlins-costanera/" title="Nueva Zelanda – Catlins, Costanera">Continue Reading--340 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-905" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/Nueva-Zelanda-Catlins-101.jpg" alt="" width="576" height="199" /></p>
<p align="center">Fotos disponibles en <a href="http://www.flickr.com/photos/49759444@N04/collections/72157625522509566/" target="_blank">Flickr </a></p>
<p style="text-align: justify;">El recorrido aéreo de Wellington a Dunedin, me había mostrado la Nueva Zelandia que de alguna manera mostró la trilogía <em>Lord of the Rings</em>, muchas montañas, realmente cordilleras escarpadas cubiertas de nieve, a pesar de que era primavera austral.  Al llegar a Dunedin, la cuarta ciudad más grande de Nueva Zelandia, mostraba las montañas verdes, a veces con montículos verdes de árboles, y en algunas áreas enormes manchas amarillas, de un arbusto que floreaba intensamente en esta etapa primaveral.  En el aeropuerto me esperaba Glynis Shields, quien había sido el contacto inicial para invitarme a participar en el congreso de LIANZA, en el cual celebraban los 100 años de creada la asociación.  Ella me llevó por algunos senderos rumbo a su casa, la cual está entre el aeropuerto y la ciudad.  Nos fuimos al centro, donde nos esperaba parte del comité local organizador del congreso, entre ellos la coordinadora.  Comimos en una cafetería junto a una galería de arte municipal, luego el jefe de servicios de la Biblioteca Pública me dio un recorrido de la misma, un edificio de unos 20 años de concreto, de unos cuatro pisos, justo junto a las oficinas del condado.  El atractivo principal era una exposición en el departamento de colecciones especiales, que tenía una muestra selecta de biblias, entre ellas una hoja de las famosas biblias de Gutenberg.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-904"></span></p>
<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft size-full wp-image-906" title="DSC08328" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/DSC08328.jpg" alt="DSC08328" width="250" height="250" />Luego fuimos a la Universidad de Otago a recorrer el lugar donde sería el congreso, especialmente el auditorio donde daría los dos micro-talleres, y la conferencia magistral, para luego ir al pequeño hotel universitario “Executive Center”, una casona de cuatro pisos, elegante y con servicios e instalaciones de cinco estrellas.  Después, nos dirigimos a casa de mi anfitriona, la cual estaba ubicada en los alrededores de la ciudad.   Atravesamos carreteras y algunos caminos empedrados, para subir colinas, que bordeaban la ciudad.  Llegamos a su casa, un lugar en pleno campo, ubicado en la cúspide de una empinada loma, rodeada de colinas cubiertas de pastizales, donde abundaban borregos de lana blanca.  Llegar a esta casa, fue un halago visual, ya que desde su parte frontal se dominaba el mar, quizá distante un kilómetro, desde donde se miraba el oleaje de una corta playa, y más al fondo, una isla volcánica, un cono que se asomaba en el océano.  La casa tiene grandes ventanales, así que casi de cualquiera de las habitaciones, pero especialmente de la cocina y el comedor se dominaba el gran panorama de azules marinos y las laderas de las onduladas montañas llenas de ese verdor tierno que tiñe en la primavera.  Me sentí muy afortunado de ser invitado esa noche a dormir en este paraíso de la naturaleza el cual era arrullado por la sinfonía de las olas del mar que claramente se escuchaban en esta altura y que sólo eran interrumpidas por el ladrar de los dos perros que tenían mis anfitriones.  Esa noche cené con toda la familia, Glynis, su esposo Darrell, su hija, yerno y nieto, un pequeño de dos años, que pronto dejaría de ser el único, ya que un par de gemelos están en camino de llegar el mes siguiente.</p>
<p style="text-align: justify;">La mañana siguiente, madrugué un poco, porque debía salir a las 7:30 a tomar mi tour por la zona costera de la Isla Sur de Nueva Zelandia.  Me llevó Glynis a la estación de tren, una regia terminal de gótico inglés, donde no había nadie, quizá por lo temprano y porque no debía haber trenes a esa hora.  Después de un rato, llegó una vagoneta, que era la mía, aunque su nombre no correspondía al que había comprado el tour.  Me subí y éramos sólo cuatro pasajeros, tres chicas, una alemana, una canadiense y una sueca, más el que suscribe.  Salimos de la ciudad y empezamos a cruzar montañas y algunos valles, para llegar a la zona costera, la cual tuvo casi todo el trayecto la carretera de dos carriles a la orilla del mar.</p>
<p><img class="size-full wp-image-907 alignright" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/DSC08402.jpg" alt="" width="250" height="250" /></p>
<p style="text-align: justify;">Entre lo más sobresaliente que visitamos fue Nugget Point, donde estaba una faro en la cúspide de un pico montañoso al cual llegamos caminando bajo una llovizna fina, que afortunadamente permitía ver a la distancia las isletas y peñascos que salían del mar en forma caprichosa.  El panorama era increíblemente bello, se antojaba perderse en la vista y dejar que el mar lo transportara a uno hasta la lejanía de las nubes.  Llegamos a desayunar a un restaurante decorado con enseres de mar y con una bonita vista de playa.  Hicimos otra parada para entrar a una zona boscosa, caminando por veredas y caminitos, que seguían el cauce de un río, que en tramos formaba saltos de agua, hasta arribar finalmente a una gran cascada, donde bajo la llovizna admiramos la caída de toneladas de agua.  La vegetación mostraba la gran humedad que abunda en esta parte y en general en todo el país, ya que los troncos de los árboles estaban llenos de musgo.</p>
<p>Otro atractivo fue ver una playa de un bosque de la época del Jurásico, donde había muchos troncos y algunos árboles petrificados, que se podían ver en la tarde, cuando caía la marea.  Los vestigios de los troncos mostraban claramente en muchos de ellos, su corteza, caminé pensando que lo hacía sobre algo que tenía millones de años, antes de que los zacates existieran, según mi libro de guía turística que traía.  Ahí mismo vimos pingüinos ojo amarillo, un tipo en extinción que está protegido, miramos sólo tres que salieron a la playa cantoneándose tranquilamente y aleteando de vez en cuando, ignorándonos a todos los turistas, ya que no se inmutaban, ante las fotos y las miradas de varios humanos.</p>
<p><img class="size-full wp-image-908 alignleft" title="DSC08381" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/12/DSC08381.jpg" alt="DSC08381" width="250" height="250" /></p>
<p style="text-align: justify;">Otra parada fue en una bonita playa, justo junto al bosque petrificado, para tomar el té de la tarde.  Yo me tomé una sopa de tallarines oriental instantánea, de nuevo la vista era para embriagarse de la tranquilidad de una península y ver un romper de olas junta a una colina, que cada minuto estrellaba la fuerza del mar contra las rocas.  Terminamos el día en Invercargill, ciudad donde dormí en un albergue, pero en habitación individual sin baño.  Llegamos a las 18:00 horas, es decir once horas después de que habíamos iniciado el tour.  Pregunté y encontré un gimnasio en esta pequeña ciudad tipo del sureste norteamericano, hice una hora de ejercicio, el primero en casi una semana desde que había partido de México.  Como recompensa, cené en un restaurante Tailandés, tomando una sopa de zacate de limón con pollo y arroz al vapor.  Luego trabajé como dos horas poniéndome al día con los mensajes de correo-e y subiendo algunas fotos a Facebook, así como enviando algunos mensajes por Twitter.  Concluí un día en el cual me había embriagado de tanta belleza de la naturaleza, esos verdes de montañas cubiertas de céspedes, con ovejas, kilómetro tras kilómetro y vista de mar y playas bajo un clima frío y con llovizna.  Me acosté relativamente temprano, ya que a la mañana siguiente saldríamos a las 7:30 de la mañana rumbo a Milford Sound, el cual les describo en otro reporte. ¡Buenas noches!</p>
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		<title>Nueva Zelanda, Wellington – Verde Kiwi</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Nov 2010 20:27:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jesus Lau</dc:creator>
				<category><![CDATA[Nueva Zelanda]]></category>
		<category><![CDATA[Wellington]]></category>

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		<description><![CDATA[Fotos disponibles en Flickr 

Hay un fresco aire nórdico,  un paisaje verde canadiense y un hablar anglosajón en este país del extremo sur del planeta: Nueva Zelandia, que lo hace sentir a uno cómodo.  Por ejemplo, creo que es la primera vez, quizá en dos décadas, que no pase ningún filtro de seguridad para abordar mi avión de la capital, Wellington, a Dunedin, lugar donde sería el congreso de la Asociación de Bibliotecarios de Nueva Zelanda (LIANZA).  Verdaderamente increíble en esta época  en que casi hay que desnudarse para pasar los filtros de seguridad, como consecuencia del 11 de septiembre, cuando iniciaron medidas extremas de revisión.  Este  país insular, es uno de las más al sur del planeta en el largo y ancho Océano Pacífico Sur.  Venir a este país, significa que uno tiene verdaderamente la intención de visitarlo, porque después de él, no hay mucho a dónde ir.   Su vecino más cercano es Australia, pero dista a cerca de tres mil kilómetros, o sea unas tres horas de vuelo, luego tiene otros vecinos distantes, como las Islas Cook, Fiyi, Samoa, entre otros que para la mayoría de los habitantes del hemisferio norte, no se conocen.  Los neozelandeses, se hacen llamar Kiwis, su emblemática fruta y nombre de un pájaro étnico de esta isla.  Tiene cuatro millones de habitantes y la estratosférica suma de 44 millones de ovejas, me imagino que el mayor ganadero de borregos en el mundo.<br/><br/><span class="readmore"><a href="http://www.jesuslau.com/estante/2010/11/nueva-zelandia-wellington-verde-kiwi/" title="Nueva Zelanda, Wellington – Verde Kiwi">Continue Reading--360 words totally</a></span>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-891" title="wellington 1" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/11/wellington-10.jpg" alt="wellington 1" width="576" height="199" /></p>
<p style="text-align: center;">Fotos disponibles en <a href="http://www.flickr.com/photos/49759444@N04/collections/72157625522509566/" target="_blank">Flickr </a></p>
<p style="text-align: justify;">Hay un fresco aire nórdico,  un paisaje verde canadiense y un hablar anglosajón en este país del extremo sur del planeta: Nueva Zelandia, que lo hace sentir a uno cómodo.  Por ejemplo, creo que es la primera vez, quizá en dos décadas, que no pase ningún filtro de seguridad para abordar mi avión de la capital, Wellington, a Dunedin, lugar donde sería el congreso de la Asociación de Bibliotecarios de Nueva Zelanda (LIANZA).  Verdaderamente increíble en esta época  en que casi hay que desnudarse para pasar los filtros de seguridad, como consecuencia del 11 de septiembre, cuando iniciaron medidas extremas de revisión.  Este  país insular, es uno de las más al sur del planeta en el largo y ancho Océano Pacífico Sur.  Venir a este país, significa que uno tiene verdaderamente la intención de visitarlo, porque después de él, no hay mucho a dónde ir.   Su vecino más cercano es Australia, pero dista a cerca de tres mil kilómetros, o sea unas tres horas de vuelo, luego tiene otros vecinos distantes, como las Islas Cook, Fiyi, Samoa, entre otros que para la mayoría de los habitantes del hemisferio norte, no se conocen.  Los neozelandeses, se hacen llamar Kiwis, su emblemática fruta y nombre de un pájaro étnico de esta isla.  Tiene cuatro millones de habitantes y la estratosférica suma de 44 millones de ovejas, me imagino que el mayor ganadero de borregos en el mundo.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-886"></span></p>
<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft size-full wp-image-892" title="DSC08149" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/11/DSC08149.jpg" alt="DSC08149" width="250" height="250" />Llegué a Auckland, la urbe más grande, con un millón de habitantes, o sea 25% de la población total del país, en una mañana nublada con llovizna ligera, muy suave que parecía brisa.  Pasé inmigración en forma rápida, así como aduana, para luego tratar de conectar mi vuelo, pero lamentablemente perdí la conexión ya que el vuelo había salido retrasado de Los Angeles y de pilón la banda para bajar las maletas se descompuso, así que tuve que tomar un segundo vuelo que salía más tarde.  Al llegar a Wellington, la capital, me esperaba Winston Roberts, un viejo conocido de IFLA, que conocí por primera vez en Moscú hace 20 años, durante el famoso y ya histórico golpe de estado de Gorbachov, que determinó la caída de la otrora poderosa Unión Soviética (URSS).   Me llevó a dar una vuelta por la ciudad, subiendo principalmente a una colina desde donde se dominaba la bahía y la zona financiera, con una gran vista, a pesar de lo nublado y un aire frío que se colaba por la ropa.   Luego me llevó al hotel de arquitectura victoriana ubicado en la avenida Cuba, una zona céntrica, llena de cafés, restaurantes de comida de diferentes nacionalidades y tiendas de productos de cultura alterna, por ejemplo ropa usada, talleres de tatuaje, etc.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="alignright size-full wp-image-893" title="DSC08073" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/11/DSC08073.jpg" alt="DSC08073" width="250" height="250" />Después del registro en el hotel, fuimos a comer a un restaurante ubicado frente al parlamento y la biblioteca del mismo, ambos con bonitos edificios, uno de corte neo-clásico de mármol gris y la otra con arquitectura gótica tardía, que fue recientemente renovada, así que lucía como una gran residencia europea.  El restaurante estaba adornado con bustos satíricos de los principales políticos de Nueva Zelanda, tales como primeros ministros, líderes del parlamento.  Ordené un “Fish and Chips”, hacía años que no lo comía.  Winston me regresó al hotel, dormí media hora porque el cansancio del largo vuelo y esperas en aeropuertos había sido de 34 horas, y ahora estaba 19 horas delante de mi tiempo en Veracruz.   Luego regresó, y me llevó a su casa, en un poblado cercano a Wellington, recorriendo el borde de la bahía.  Visitar su casa, tipo chalet suizo de madera, fue una agradable experiencia porque está ubicada en un bosquecillo con una bonita vista de colinas, árboles y los bordes de las colinas con ovejas pastando, inclusive en una de las granjas, la más cercana, tenía llamas.</p>
<p style="text-align: justify;">El día siguiente, lunes, tuve una agenda bastante ocupada.  Tuve la cita a las 8:30 de la mañana, iniciando con una ceremonia Maori, donde fuimos recibidos, el agregado cultural de la Embajada de México y una traductora, en la puerta por una representante de dicho grupo indígena, entramos al vestíbulo, guiándonos al auditorio, donde dieron un discurso alusivo a la visita en Maori, más una canción, como de bienvenida, que fue respondido por el representante diplomático mexicano, y luego cantamos unas líneas de Cielito Lindo, para luego hacer el saludo de rozamiento de nariz con todo el grupo maori.   Ese día realicé tres presentaciones, la primera  fue sobre IFLA en la Biblioteca Nacional, en unas oficinas que tiene rentadas, ya que el edificio central esté siendo renovado con una gran inversión.   La segunda, sobre redes de cómputo en la Universidad Veracruzana, México y Latinoamérica, fue en las instalaciones de la Red de Cómputo Nacional de NZ (KAREN).  La tercera fue sobre competencias para siglo XXI de nuevo en la biblioteca nacional.  En el inter de la segunda, fui llevado a comer a un restaurante cercano con funcionarios de esta institución.</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-894" title="DSC08056" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/11/DSC08056.jpg" alt="DSC08056" width="250" height="250" /></p>
<p style="text-align: justify;">En la tarde – noche del lunes, ya que en esta parte austral anochece tarde me invitaron un grupo de bibliotecarios, miembros de IFLA y colegas de Twitter, a cenar en un bonito restaurante justo en la bahía, con una gran vista del puerto y los suburbios de casas de madera  en las distintas colinas.  Llegada la noche, caminamos un poco, y recorrimos por el exterior la biblioteca pública de Wellington, con una moderna arquitectura rematada con unas columnas estilo palmeras, o helechos que son símbolos nacionales.</p>
<p style="text-align: justify;">El martes, tuve otra presentación, esta vez sobre el curso de licenciatura en línea “Competencias informativas para el aprendizaje”  en la Biblioteca Nacional.  La tarde de ese día la tuve libre, y afortunadamente era un día de sol, así que salí a caminar en el centro y luego me fui a recorrer el museo Te Papa, un moderno y grande recinto junto al puerto.  A las 18:00 horas fui invitado a cenar por Penny Carnaby, la saliente directora de la Biblioteca Nacional en un restaurante francés cercano al hotel.  Tuvimos una larga y amena charla sobre su trabajo en dicha institución y sus planes de jubilación en una granja cercana a la ciudad de Christchurch.  Me impresionó su positiva personalidad, y su gran labor profesional, una de ellas, la más impactante, fue el proyecto Digital New Zealand, para preservar información Web y materiales impresos en formato digital, con un súper presupuesto de 24 millones de dólares neozelandeses, amén de otras iniciativas, ya que la BN realmente juega el papel de timón nacional del país en materia de servicios bibliotecarios y de información.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="alignright size-full wp-image-895" title="DSC08291" src="http://www.jesuslau.com/estante/wp-content/uploads/2010/11/DSC08291.jpg" alt="DSC08291" width="250" height="250" />El miércoles, me tuve que levantar temprano, a las 6:30 para tomar un taxi al aeropuerto a las 7:30, y tomar mi vuelo a Dunedin a las 9:00 horas.  El empleado de New Zealand Air me recomendó que me sentara junto a una ventanilla del lado izquierdo, para que mirara las montañas, tomé su consejo y fue una verdadera delicia visual recrear mi pupila mirando las cordilleras nevadas, con pequeños valles y el bordeo que hacía el avión a lo largo del mar.  La visita a la capital neozelandesa terminaba como una rica experiencia profesional de conocer a los líderes bibliotecarios de este eficiente y desarrollado país.  La experiencia, en general, fue grata en Wellington, una capital joven, moderna, pequeña, llena de colinas y vistas marinas impresionantes.  Ahora iniciaba la segunda etapa del viaje en Dunedin, que la describo en otro reporte independiente.</p>
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