Querida Belén,
Eran las cuatro de la mañana y no me podía dormir, me volteaba de un lado a otro, me tapaba, y me destapaba en la cama, pero sencillamente tus imágenes venían a mi mente, una, tras la otra. Mi memoria parecía un proyector de fotos tuyas, que sin mucha dificultad hurgaba y las hacía aparecer. Las primeras que saltaban eran las recientes, las de la navidad pasada, la de los mensajes de celular que me mandaste hace apenas unas tres semanas; pero también venían repentinamente muchas de tu niñez. Entre las que resaltaban cuando te miré corriendo por el bordo de un canal, allá por el rumbo de la colonia Rosendo G. Castro, en el sureste de Los Mochis, donde mi papá sembraba hortaliza. Traías un vestido amplio y largo que volaba mientras te movías, parecías una niña filmando una película. Eras una chiquita morena, tímida que bajaba la cabeza al encontrarse con uno, para luego subir la cara y sonreír. Tu pelo era largo y negro, como mucho tiempo lo tuviste. Luego vinieron los años cuando empezaste a ir a la primaria y comenzabas con tu educación en la casa. Ahí te recuerdo con tus cuadernos, cuando a veces llegué el fin de semana de Culiacán, luchando por hacer la tarea, haciéndola con perseverancia, aunque tuvieras grandes retos. Otra imagen, fue cuando ayudabas con la limpieza de la ropa, te empinabas para plancharla bien en el burro, como para traerla de los tendederos. Algunas cosas no se te daban, pero le hacías la lucha, y esa fue una gran característica de tu personalidad.
Luego vinieron los años de tu adolescencia, donde nunca tuvimos dificultades, al menos no recuerdo alguna. Tu relación con Arturo, nuestro hermano menor, siempre la encontré armoniosa. Por mi parte, cuando retornaba a casa cada otro sábado, de Culiacán, siempre trataste de ser amable y apoyar en lo que fuera, yo normalmente llegaba con la maleta cargada de ropa sucia de la quincena anterior y en lo que podías ayudabas a nuestra madre, para que estuviera lista antes del regreso dominical. Recuerdo los años mozos cuando fuiste con nosotros, en esa gran viaje que hicimos de Durango hasta Oaxaca, donde junto con nuestros padres, y Martha y Arturo recorrimos buena parte del país, fue tiempo de correr, de mirar, de conocer nuevos lugares y estar todos atestados en uno o dos cuartos de hotel, para luego hacer lo mismo en aquel carro blanco, mi primer auto nuevo. Terminaste la preparatoria, con grandes retos, pero la concluiste y se vino el tiempo de pensar que tenías que trabajar. Ya no recuerdo que pasó, pero no continuaste en la universidad o en el tecnológico, y te invité a que vinieras a Durango, donde trabajaba, para hacer un curso intensivo de bibliotecas de tres meses, aceptaste el reto y te viniste a estudiar. Esos fueron quizá los tres meses de mayor convivencia que tuvimos, fue cuando nos conocimos plenamente de adultos. Fui tu maestro, al menos en tres cursos, fue un honor hacerlo. Llegabas a la casa, y desde entonces te gustaba la cocina, siempre tratabas de cocinar algo, a veces le faltaba un poco de sal o hierbas, pero tú lograbas sacar un platillo de la estufa. Te recuerdo levantarte e irte directo al baño, para luego alistarte con tus mejores ropas y caminar al Tecnológico de Durango con tus cabellos mojados. Ese curso a nivel de auxiliar técnico bibliotecario te cambió la vida, así al regresar a Mochis conseguiste empleo en la Universidad de Occidente y en el Tecnológico de Los Mochis, donde por muchos años trabajaste en su biblioteca.
Nuevamente, para mi fue un honor que trabajaras en mi profesión, en el mismo sistema educativo en el que trabajaba por esa época, de que me invitaras, o fueras medio, para que al menos fuera a facilitar unos dos talleres en el Tecnológico de Los Mochis. En uno de ellos, un enero de los noventas, fui a dar uno de esos cursos, y coincidió, en que el final del mismo, fuera tu cumpleaños y lo celebramos en un restaurante chino, mordiste el pastel y te hicimos la travesura de hundir tu cara en el betún del mismo, aún tengo por ahí algunas fotos. En esas fechas miré como te apreciaba la gente por tu sencillez y tu trato siempre amable. Siempre admiré tu carácter emprendedor, hiciste y vendiste tantas cosas, para complementar tus ingresos a pesar de que tenías un tiempo completo en tu trabajo. Siempre fuiste cimiento y pilar económico de tu casa
Por esas fechas, ya Shirley, la niña de tus ojos, había nacido. Te admiré toda la devoción que le tenías, los sacrificios que hacías para que fuera a un colegio, para que tuviera lo que tu considerabas importante, hasta carro en su edad adulta. La Navidad pasada que nos reunimos en casa de Arturo, convivimos bastante, comiste, reíste, bailaste, y cocinaste mucho, por supuesto. Uno de los pavos fuer obra de tuya y del compadre Basilio, así como algunas otras cosas culinarias. Luego viniste a Veracruz, disfrutaste del mar, y tengo las fotos que tomaron con mi cámara. Algunas, las tuyas estaban mochas, porque creo que la fotografía no fue tu arte. Con el Golfo de México de fondo lucias muy bien, que ahora he escogido una de las imágenes, para el sitio web que te he dedicado.
Hermana ya amaneció, dormí poco, pero me urgía decirte esto, porque se me parte el alma saber que te has ido antes de que llegara el invierno, no sólo el de este año, sino el invierno de tu vida. ¿Por qué te fuiste antes? Varias veces me imaginé que estaríamos todos, como hermanos, en la vejez, en ese invierno que todos esperamos, pero que no sabemos si llegará. Tú te has ido, repentinamente, sin previo aviso, sin sospechar, que no habría tiempo para despedirnos, de poder desearnos el mejor de los trayectos para esa etapa final de la naturaleza. Recibí la dolorosa noticia de que ya habías partido dos días tarde, de ese momento cuanto tuviste de tu último respiro, me enteré cuando ya eras cenizas, ya no eras la que yo conocí y quise como hermana. Te pido me perdones, por no presenciar tu descanso en ese ataúd, dormida para siempre. Estaba en Roma, esa urbe que le llaman la ciudad eterna, y que espero, en armonía, tener la memoria eterna de lo que tú fuiste, ahora relacionaré esta ciudad italiana con ese largo camino que has tomado. Si hubiera estado, te aclaro, que no hubiera resistido llorar en público, algo que no he hecho en más de 15 años, desde que partió nuestro primo Miguel, ahora lo he hecho en silencio y sin mayor testigo que yo mismo. Hermana, lamentaré, que si llego a la vejez, no te miraré, no estarás más para deambular por esta vida, que tanto quisiste y que tanto disfrutaste. Te despido, dándole un abrazo paternal a mi sobrina – ahijada, Shirley, y uno filial a mi compadre, Basilio; tu familia, a la que le dedicaste toda tu vida adulta. A mis papás, y mis hermanos, les mando mi cariño, deseando que los grandes y muchos recuerdos que nos dejas sean el bálsamo para valorar tu ausencia y recordarte con la sonrisa diáfana que siempre enmarcó tu cara.
¡Hermana, que bueno que fuiste parte de nuestra familia, fue una dicha tenerte, y me duele que ya no estés! Te quiere, tu hermano,
Guadalupe (Jesús Lau)
(Como me llaman en casa)