TRAVESÍA POR LOS AIRES DE MÉXICO
Viaje de Gata “Como tu” Ciudad Juárez - Veracruz
Noviembre 2, 2002
Jesús Lau
Voy a compartir con ustedes, que saben leer, mi odisea por los espacios de la atmósfera de México. Anoche noté algo raro en casa, me trataron con más afecto que de costumbre, pero irónicamente me dieron menos de cenar. Pensé “no hubo quien fuera a surtir la alacena y los víveres no alcanzaron para toda la semana.” Hoy en la mañana no hubo desayuno, algo raro porque casi nunca se olvidan de la comida en mi casa, especialmente los alimentos matutinos, que dicen ser los más importantes para tener energía durante todo el día. Los cariños y los arrumacos fueron más notables que de costumbre. El sol ya estaba alto cuando Marcos me tomó en los brazos y me metió a una jaula, que ingenuamente pensé sería un nuevo objeto para entretenerse un día antes cuando la compraron. Dicha caja enrejada, ya la conocía por dentro porque me dieron de comer unas croquetas especiales, que son como botana o lo que los italianos llaman antipasto o starters para los norteamericanos. Ya dentro de la jaula me subieron al carro. “Que raro, parece como si me fueran a secuestrar.” Afortunadamente, este pensamiento era ilógico conociendo a Marcos desde que nací. Después de muchas vueltas en el carro, me bajó en el consultorio médico, que está algo distante de mi casa. Respiré de alivio, no es nada grave, me traen a vacunar, historia que ya es conocida para mí. Estoicamente me permití que me inyectaran tres veces. El médico fue amable, me hizo plática para que no estuviera nerviosa, lo cual hizo menos traumático recibir tanto piquete y manoseo médico.
Una vez en casa, me dejaron salir de la jaula y me dieron unas tres croquetas botaneras, lo cual como alimento no es nada, porque lo que tienen de sabrosas lo tienen de minúsculas. Miré mucho movimiento en casa, cajas bajaban y bultos subían a ellas. La jaula, ese nuevo objeto color azul que había estrenado, le pusieron una toalla y ¿me dije irá a ser mi nueva guarida? Al rato suben varias cajas, un par de maletas y luego me agarraron en los brazos mientras dormitaba, ignoraba lo que sucedería después. Me metieron a esa caja enrejada u me subieron de nuevo al auto. Que puede pasar, me imagino que se les olvidó alguna vacuna, porque sólo para eso me han llevado a dar la vuelta en los vehículos motorizados. Me puse nerviosa y me calmaron un poco, para luego darme la noticia de que me llevarían con ellos a Veracruz. ¡Vaya! Ni siquiera me preguntaron que si deseaba mudarme a cerca de 1,500 kilómetros de distancia de mi bello Juárez, mi tierra natal que me vio nacer y crecer. La verdad es que aunque no me hubieran consultado, me hubiera tenido que ir. Llevo tres meses sola en esta casa, la cual la cerraban y me dejaban en mi recámara que tengo en la cochera. El Sr. Bustillos, el jefe de guardias del fraccionamiento, fue el que recibió el encargo, como si fuera menor de edad; de venir, dos veces al día, para darme de comer, beber y limpiar el jardín que es mi área de descanso. Quizá pensaran que soy una inútil, porque dependo de todos para comer o viajar, pero no es así. Soy una persona físicamente capaz. Lo que sucede es que vivo o vivía en un fraccionamiento residencial, donde no hay ratones. Ocasionalmente aparece un algún pájaro en la copa de los árboles, pero esto no garantiza tener una presa diaria para comer.
Continuando con mi odisea. Transcurrido un rato de ir en el auto, llegamos nada menos que al aeropuerto, lugar que jamás había visitado, para entonces ya me habían platicado que sucedería, así que me porté calmada y me arrinconé en la jaula con un poco de temor. Llegamos al mostrador, la gente me miraba más que a mi familia. Ahí estuvimos un rato, mientras las empleadas del mostrador identificaban como documentar mi jaula en su sistema de cómputo. Una de las señoritas comentó que pesaría unos diez kilos, cuando calculaban mi peso. ¡Que ofensa! Se notaba que jamás había tenido una persona felina. ¡No soy perro, para pesar tanto! Siempre he comido bien, nací a escaso un kilómetro del primer mundo. Mi comida siempre ha sido de lo mejor que produce en el mercado internacional. Todas las latas de alimentos me los compraban en El Paso, Texas; donde cuestan más baratas y su contenido es balanceado. Gracias a ello conservo un buena melena y obviamente un buena figura. Nunca he sido una gata con sobrepeso y menos gorda. Ahora que viva en Veracruz, espero encontrar comida de la misma calidad, creo que será difícil importarla de Estados Unidos, porque saldría carísima. Quizá terminaré comiendo productos Purina, la marca que domina el mercado mexicano. Volviendo al peso, este quedó en cinco kilos, una cifra aún exagerada, pero esta gente de Aeroméxico, no tiene experiencia en mascotas. Cuando comenzó papeleo me enteré que no iría junto a Jesús, la dama me informó que me viajaría en un compartimiento especial. Efectivamente, el lugar para mascotas esta separado del de las maletas y los equipajes. Para mi sorpresa, era el único ser viviente en tremendo espacio. Por lo visto, no viajan muchas mascotas en avión, así que debía sentirme importante y orgullosa de viajar en la línea más puntual de Latinoamérica. Una vez en el avión, miré alrededor y me dije es otra jaula pero más grande. Me imagino donde va Jesús, es otra jaula pero más grande. Al parecer todos los seres vivos tienen que ser enjaulados cuando viajan, aunque Jesús, en este caso debe viajar con otras comodidades, porque donde yo iba al menos no había baños. En estos momentos entendía porque tanto arrumaco y ayuno. El primero, para convencerme de que viajara y el segundo para que no tuviera ganas de hacer mis necesidades fisiológicas en este flamante jet que le faltan sanitarios. De cualquier manera me pusieron una toalla, por si acaso había un accidente de esos que más conviene tenerlos a aguantarse.
Dentro del compartimiento no había ventanas, los motores del avión se escuchaban perfectamente. El aparato empezó a moverse como auto y pronto despegó para tomar altura, me percaté por el jalón que siente uno por la gravedad y el movimiento. El ruido, las emociones y el cansancio me hicieron que dormitara a ratos, aunque nunca como lo hago en mi lecho. En los momentos que estuve despierta, pensé en lo que dejaba atrás: una casa que me gustaba para vivir toda la vida, un jardín para retozar cuando quería y un parque para darme mis escapadas por las noches. Los tejados de los vecinos quedaban en la lejanía y ahora serían sólo parte de mis recuerdos. Ahora tenía que pensar en el futuro. Pasaron más de dos horas en el aire, cuando aterrizamos en la famosa Ciudad de México, la más grande del mundo y seguramente con la mayor población de gatos del orbe. Me imagine las variedades de gatos, lo incómodos que vivirían en edificios tan altos, con pocos jardines y tanta contaminación. Cuantos congéneres tendría problemas bronquiales. Para mi sosiego, pensé cuantos felinos de esta urbe tendrán, repito, el privilegio de viajar, muy pocos de todos esos millones que deben existir en gatochilandia. Vaya, cuando una es afortunada. Jesús pagó, dice que $23 dólares por la jaula en El Paso, en donde, me imagino, compró la más chica que pudo, para ahorrarse algunos peniques. Además erogó más de trescientos pesos en las vacunas y todavía otros $30 dólares por mi boleto de avión. Es una tranquilidad vivir con familia que puede pagar gastos de esta naturaleza.
Esperé tres largas horas en el Aeropuerto capitalino. Miré pasar decenas de aviones, parecían pájaros gigantes. Nunca los había visto tan cerca. Desde el jardín de Juárez, los atisbaba cruzando las alturas del cielo desde el follaje de los árboles. Los veía y siempre les encontraba forma de aves, que si fuera, uno de ellos me serviría para alimentarme durante toda mi larga vida. El problema sería como conservar tanta carne, la cual seguramente atraería cientos de felinos, caninos y posiblemente hasta los humanos, esos hermanos de raza que comen más carne que los de mi especie. Excepto mi familia que es vegetariana, ellos respetan la raza animal. Siempre me alegro de no haber nacido en China, donde dicen que se comen los gatos, como si fueran manjares criados para los dioses.
Todos estos pensamientos acortaron mi espera en el Aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México. La estancia fue larga, pero entretenida. Pasaba la gente, me saludaba, me hacía cariños y como siempre no faltaba el travieso o el irrespetuoso que trataba de asustarme, algo que estaba difícil, porque después del shock de subirme al avión y viajar tanto tiempo, nada podía temer. La mayoría de las personas eran trabajadores, algunos mecánicos y otros de limpieza. Creo que no pasó ningún piloto o sobrecargo cerca de mí. Ellos parecen no transitar por el área de mascotas. Estaba pensativa, cuando menos esperaba, llego un carrito jalado por un automotor, tipo de ferrocarril y se bajó el chofer para llevaron de nuevo al avión que me conduciría a mi destino. El nuevo tramo lo recorrí en Mexicana, una aerolínea que no vuela a Juárez. Me subieron con cuidado y de nuevo ahí estaba en otra jaula volante, lista para volar o ser volada de nuevo. Llegué finalmente a Veracruz, esta vez un poco mareada y agotada de tanto estrés. La gran altura de la Ciudad de México sin darme cuenta me afectó y ahora estaba al nivel del mar. Mis trastabilleos y temores que había tenido en dentro de la jaula durante todo el trayecto debía dejarlos para disfrutar la alegría de ver a Iris, Darius y a Martha. Cuanto tiempo había pasado sin verlos. Los chicos, ahora jovencitos están más creciditos, lucen bronceados y hasta el acento parece haberles cambiado, todo en tan sólo tres meses de no verlos. Me subieron a la camioneta, vehículo hartamente conocido para mí. Me saludaron y apapacharon a través de las ventanas de mi caja. Estaba impresionada por lo verde del lugar. Muchos árboles, arbustos y follaje por doquier, lamentablemente no estaba en condiciones de disfrutarlo. Seguramente estaba llegando al paraíso de los felinos, quizá tendría que depender tanto de otros para comer. Podré cazar a mi antojo, escoger el tipo de pieza y comer siempre algo fresco, sin las tediosas, aunque bien balanceadas, latas de carnes que me compraban en la frontera de Estados Unidos. Si un día les dan más arrumacos que de costumbre y los ponen en ayuno, puede significar que van a realizar una travesía por los aires en avión.
¡Saludos para todos desde el Puerto de Veracruz, un lugar ideal para cualquier felin@!
Señorita Como Tú